Los celulares y la impunidad
La Ciudad de Buenos Aires atraviesa una postal cada vez más áspera: bocinazos eternos, motos cruzando semáforos en rojo, autos estacionados sobre rampas para discapacitados, conductores mirando TikTok en plena avenida y peatones caminando con miedo aunque tengan el semáforo a favor. El tránsito porteño dejó de ser solamente caótico. En muchos barrios, directamente se volvió violento.
En Palermo, Belgrano, Caballito, Microcentro y hasta en las zonas más exclusivas de Puerto Madero, los vecinos describen la misma escena: automovilistas acelerando como si estuvieran en una clasificación de Fórmula 1 mientras la ciudad parece resignada a convivir con el descontrol.
La sensación de impunidad crece. Muchos conductores saben dónde están los radares fijos, frenan apenas unos metros y después vuelven a acelerar como desaforados. Justamente por eso comenzó a debatirse la incorporación de nuevos sistemas de control por tramos y velocidad promedio, buscando evitar esa “viveza criolla” mecánica que ya forma parte del paisaje urbano argentino.
El problema, claro, no es solamente tecnológico. El drama es cultural.
En la Ciudad donde un repartidor puede subir a la vereda para ganar treinta segundos y donde una camioneta de alta gama estaciona sobre una senda peatonal como si pagara alquiler, el tránsito empezó a convertirse en un espejo brutal del humor social argentino: ansiedad, bronca, individualismo y cero paciencia.
Los especialistas en seguridad vial vienen alertando sobre el aumento de maniobras agresivas, discusiones callejeras y accidentes generados por exceso de velocidad y distracciones digitales. Mientras tanto, los porteños ya naturalizaron escenas delirantes: autos doblando en U donde no corresponde, motos sin patente y colectivos que parecen jugar al Tetris humano en avenidas colapsadas.
La Ciudad promete controles más inteligentes y sistemas modernos de fiscalización. Pero el vecino común se hace otra pregunta mucho más sencilla: ¿quién controla realmente lo que pasa todos los días en las calles?
Porque la sensación barrial es otra. Muchos sienten que las multas terminan funcionando más como caja recaudatoria que como herramienta preventiva. Y en medio de esa discusión, Buenos Aires sigue convertida en una jungla de chapa, estrés y testosterona vial.
La vieja Buenos Aires tenía colectiveros gruñones, taxistas filósofos y embotellamientos eternos, sí. Pero también existía cierto código callejero. Hoy el tránsito parece más cercano a una guerra de supervivencia urbana donde el peatón vale menos que una bocina.
Y mientras la Ciudad debate radares inteligentes y cámaras más modernas, el problema sigue rugiendo en cada esquina: demasiada gente maneja como si el otro no existiera.