En avenida Córdoba, a metros de Pueyrredón, en una de las zonas médicas más históricas de Buenos Aires, el cierre de la maternidad del Sanatorio Finochietto cayó como una señal de época. La institución anunció el fin de las áreas de obstetricia y neonatología para reconvertir esos espacios en quirófanos y unidades de atención ambulatoria. Traducido al castellano de la calle: nacen menos bebés y hay cada vez más adultos enfermos, agotados y envejecidos.
No es solamente una decisión empresarial. Es un síntoma brutal de una Argentina que dejó de imaginar el futuro.
Durante décadas, miles de familias cruzaron esas puertas con flores, bolsos y nervios. En los bares de la zona se esperaban nacimientos mientras los abuelos caminaban fumando por las veredas. Córdoba y Pueyrredón era parte de esa Buenos Aires de clase media que todavía creía en algo sencillo: trabajar, alquilar primero, comprar después, formar pareja y tener hijos.
Hoy ese modelo se hizo pedazos.
Los datos demográficos ya son imposibles de esconder. La natalidad en Argentina se desplomó de manera histórica durante la última década. En la Ciudad de Buenos Aires el fenómeno es todavía más visible. El mapa de envejecimiento urbano muestra comunas enteras con índices altísimos de población envejecida. La Comuna 2, donde está Recoleta, lidera con cifras alarmantes. También aparecen muy envejecidas las zonas de Palermo, Colegiales, Belgrano, Caballito y gran parte del corredor norte porteño.
La Ciudad empieza lentamente a transformarse en una capital vieja.
Y una ciudad vieja que no rejuvenece empieza a apagarse.
Porque el problema no es solamente biológico. El problema es económico, cultural, afectivo y político. Los jóvenes ya no sienten que puedan construir una vida estable. Comprar una vivienda se volvió una fantasía directamente obscena para gran parte de la clase media. Tener un terreno, un patio o una casa donde criar chicos parece una postal de los años noventa o de la época de los abuelos.
En Palermo, Villa Crespo, Almagro o Colegiales se escucha la misma conversación una y otra vez. Parejas de treinta y pico que quisieran tener hijos, pero que viven atrapadas entre alquileres imposibles, trabajos inestables y una inflación emocional permanente.
Luciana, de 34 años, vive cerca del Parque Centenario y trabaja en publicidad. “Nos encantaría tener un hijo, pero apenas podemos sostener el alquiler. Nos mudamos tres veces en cinco años. ¿Qué estabilidad le podés ofrecer a un chico así?”, cuenta mientras espera el colectivo sobre Díaz Vélez.
Matías, programador freelance y vecino de Palermo, lo resume peor todavía: “Nuestros viejos podían comprarse una casa. Nosotros sentimos que jamás vamos a llegar. Vivimos trabajando para sobrevivir”.
Ahí aparece el núcleo de este drama moderno. No es que la juventud “odia” la maternidad o la familia como dicen algunos panelistas de televisión. Muchas veces lo que desapareció fue la expectativa de futuro. Y sin horizonte, sin estabilidad y sin vivienda, el deseo de formar una familia empieza a romperse.
Los gobiernos neoliberales profundizaron esa sensación de precariedad permanente. La lógica financiera convirtió la vida cotidiana en un Excel donde todo se calcula, todo se paga y nada alcanza. El mercado inmobiliario expulsó a miles de jóvenes de la posibilidad de acceder a una propiedad. Los créditos desaparecieron o son inaccesibles. Los alquileres se comen medio sueldo. Y mientras tanto la ciudad se llena de departamentos diminutos pensados más para Airbnb y especulación que para familias reales.
Entonces pasa algo silencioso pero devastador.
Cierran maternidades.
Sobran geriátricos.
Faltan chicos en las escuelas.
Las plazas tienen más perros que bebés.
Los bares están llenos de adultos agotados hablando de ansiedad, terapia y plata.
La Ciudad de Buenos Aires empieza lentamente a parecerse a algunas ciudades europeas envejecidas donde la natalidad colapsó y la vida urbana se volvió cada vez más individualista y solitaria.
En ese contexto, el cierre del Finochietto golpea fuerte porque funciona como una metáfora perfecta de esta época. Donde antes había nacimientos ahora habrá quirófanos para adultos. Donde antes había incubadoras ahora habrá tratamientos ambulatorios. La inversión médica sigue el comportamiento social: menos partos, más enfermedades crónicas, más estrés, más envejecimiento.
Y el problema no se resuelve solamente con discursos moralistas pidiendo que la gente “tenga más hijos”. Las personas necesitan condiciones materiales para proyectar. Necesitan vivienda accesible. Necesitan salarios dignos. Necesitan tiempo. Necesitan estabilidad. Necesitan sentir que traer un chico al mundo no es condenarlo a vivir alquilando un monoambiente eterno mientras trabaja doce horas por día.
La prioridad número uno de cualquier proyecto serio de ciudad debería ser rejuvenecer Buenos Aires. Construir viviendas para familias jóvenes. Facilitar créditos reales. Incentivar la natalidad. Atraer estudiantes e inmigrantes que quieran quedarse a vivir, trabajar y formar comunidad. Volver a pensar barrios para vecinos y no solamente para negocios inmobiliarios o turismo rápido.
Porque una ciudad sin chicos pierde algo más profundo que habitantes. Pierde ruido, pierde escuela, pierde plaza, pierde futuro, pierde esperanza.
En Plaza Almagro, una jubilada escucha la noticia del Finochietto y suspira mirando a los colectivos pasar por Córdoba. “Antes el sueño era la casa propia y los hijos. Ahora el sueño es llegar a fin de mes sin enfermarse”, dice casi en voz baja.
Y quizás ahí esté toda la tragedia argentina resumida en una sola frase.
La pregunta queda flotando entre Córdoba y Pueyrredón, entre departamentos imposibles y maternidades vacías: ¿qué pasa con una sociedad que ya no puede imaginar el nacimiento como parte natural de su futuro?