Borges entre el tiempo y la eternidad: el curso que vuelve a abrir viejas puertas metafísicas
En febrero de 2026, el Malba vuelve a poner a Borges sobre la mesa, como quien despliega un mazo de cartas marcadas por la filosofía, la poesía y ese aire de eternidad que siempre pareció rodearlo. Tres encuentros dictados por Carlos Gamerro —presencial y virtual— prometen volver a abrir el laberinto más hondo del escritor: el del tiempo. Ese enemigo íntimo, esa sustancia que, como escribió Borges, “nos destroza, pero somos nosotros mismos”.
En un Buenos Aires que nunca deja de correr, la propuesta suena a pausa poética: detenerse a pensar cómo transcurre la vida, cómo la sentimos, cómo la imaginó él. Y, sobre todo, cómo leer hoy sus intuiciones metafísicas sin perder de vista el temblor contemporáneo que late debajo.
Un Borges que vuelve a arder en pleno 2026
Si algo demuestra este ciclo es que Borges no envejece: muta. Cada generación lo lee con nuevos ojos, como si sus poemas, ensayos y cuentos tuvieran la capacidad de adaptarse al vértigo de la época. Y Carlos Gamerro —ensayista, novelista, lector agudo donde los haya— se encarga de señalar esas líneas que siguen vibrando: el tiempo lineal que nos arrastra, el eterno retorno que amenaza con repetirse, la percepción subjetiva que nos salva o nos condena.
En sus clases, el tiempo deja de ser sólo un problema filosófico: se vuelve un espejo. ¿Cuánto de lo que vivimos es sucesión y cuánto es ilusión? ¿En qué punto la memoria deja de narrarnos la verdad y empieza a inventar para sobrevivir? Borges convirtió esas preguntas en literatura; Gamerro las convierte en preguntas urgentes.
Tres encuentros, un mismo vértigo: pensar el tiempo
Cada clase abre una puerta distinta del laberinto borgiano:
1. El tiempo y la eternidad
¿Qué es la eternidad? ¿Una línea infinita o un instante detenido? Borges la imagina como una nostalgia, como un sueño, como un deseo casi religioso de escapar de la sucesión que nos persigue. Poemas y ensayos claves —“Sentirse en muerte”, “Historia de la eternidad”— revelan un escritor que tanteaba la frontera entre lo humano y lo divino.
2. El eterno retorno y la forma circular del destino
Borges leía a Nietzsche, pero también jugaba con la geometría del cosmos. En esta clase, la circularidad aparece como destino y como castigo: ciclos que vuelven, vidas que se repiten, bibliotecas que abarcan todo el tiempo posible. Gamerro hilvana “La biblioteca de Babel” con los textos más conceptuales, creando un puente entre matemática, mito y literatura.
3. Tiempo objetivo, tiempo subjetivo
La última estación lleva la pregunta al extremo: ¿qué pasa si el tiempo no existe? Desde Dunne hasta Gosse, Borges coquetea con la idea de que la percepción inventa su propio ritmo, que el lenguaje nos encierra y nos libera, que la memoria es un acto de creación más que de registro.
Aquí el alumno termina enfrentándose a sí mismo: ¿el tiempo pasa, o lo fabricamos segundo a segundo?
Una bibliografía para perderse adrede
El curso incluye una selección de obras críticas que permiten un viaje más amplio: Sarlo, Piglia, Pauls, Molloy, Balderston, Sosnowski. Nombres que estudiaron a Borges como quien examina un diamante con miles de caras. No falta una dimensión matemática ni la lectura cabalística, ni las búsquedas del joven escritor que aún se debatía entre la tradición y la vanguardia.
Sobre Carlos Gamerro: un guía que conoce el laberinto por dentro
Gamerro no es sólo un estudioso: es un escritor que conversó con Borges desde la ficción, desde el ensayo, desde la crítica. Conoce su obra como quien ha entrado más de una vez en el jardín de senderos que se bifurcan y ha vuelto para contarlo. Sus clases no son académicas en el sentido árido: son interpretaciones vivas, llenas de conexiones inesperadas, humor sutil y una mirada contemporánea.
El tiempo como espejo del presente
En un mundo donde la ansiedad es la norma y la inmediatez domina, detenerse a pensar el tiempo no es un lujo: es casi una necesidad espiritual. Borges vuelve para recordarnos que el reloj no manda tanto como creemos, que la memoria no es confiable pero sí poética, que la eternidad puede esconderse en un solo instante iluminado.
La invitación del Malba es clara: volver a leerlo para volver a leernos.