Ayer Avenida de las Palmeras, hoy Avenida Sarmiento: el Palermo de los carruajes, el corso y el carnaval
Antes de los colectivos, los semáforos, el Planetario y las multitudes que cruzan Plaza Italia, Palermo tuvo una avenida que funcionaba como escenario a cielo abierto de la Buenos Aires más ostentosa. Se la conocía como Avenida de las Palmeras —también Avenida 3 de Febrero— y corresponde a la actual Avenida Sarmiento. Por allí no se iba solamente a pasear: se iba a ser visto. En sus pocos cientos de metros se mezclaban el gran proyecto de parque público de la ciudad, las huellas de la antigua casa de Juan Manuel de Rosas, las nuevas instituciones científicas y recreativas y, sobre todo, una sociedad que exhibía su riqueza sobre ruedas.
El Palermo de fines del siglo XIX era una frontera peculiar. No era todavía el barrio compacto de cafés, edificios y tránsito permanente que conocemos hoy. Era un territorio de quintas, bajos, arboledas, lagos y caminos que la ciudad modernizadora estaba convirtiendo en parque. La ley que creó el Parque 3 de Febrero se impulsó durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento; las obras se demoraron y fue Nicolás Avellaneda quien inauguró el paseo el 11 de noviembre de 1875. Aquella operación urbana no fue inocente ni pequeña: sobre los terrenos que habían pertenecido a Rosas, Buenos Aires proyectaba una postal de progreso, salud pública y civilización al estilo de los grandes parques europeos.
Una pasarela tirada por caballos
La Avenida de las Palmeras era el corazón ceremonial de ese nuevo paisaje. Los carros de trabajo, los jinetes, los peatones y los vendedores convivían con una elite que transformaba el paseo en una competencia silenciosa de gusto y dinero. Mantener un carruaje, comprar caballos de raza, pagar cocheros y lacayos, alimentarlos, alojarlos y reparar coches importados de Londres o París era un gasto enorme. Pero justamente de eso se trataba: de demostrar que se podía sostener esa pequeña corte ambulante.
Los nombres de los coches ya dicen bastante de la época. El landeau era un carruaje cerrado, con capota plegable y lugar para varios pasajeros; la victoria, más liviana y elegante, tenía dos ruedas grandes y un asiento elevado para el cochero; el coupé ofrecía un habitáculo cerrado y mayor intimidad. No eran vehículos neutros. Cada forma, cada herraje, la tapicería, el color de la carrocería y la raza de los caballos funcionaban como carta de presentación social. La Avenida de las Palmeras era, en ese sentido, una mezcla de salón aristocrático, desfile de moda y red social sin pantalla: el like era la mirada ajena.
Los carros avanzaban tirados por troncos, es decir, pares de caballos enganchados en línea. Las familias acomodadas buscaban animales de estampa pareja, buena alzada y paso firme. Las mujeres viajaban ataviadas con vestidos, sombreros, guantes y sombrillas; los hombres, con el traje de la tarde y la obligación tácita de aparentar control, aunque el caballo tuviera otra opinión sobre el asunto. El paseo era lento para que pudiera ser observado. Quien corría perdía el punto: el objetivo era cruzarse, reconocer rostros, saludar con discreción y dejar que el conjunto hiciera el trabajo de hablar.
El Corso de Palermo: ver y dejarse ver
La ceremonia tenía un nombre: el Corso de Palermo. Las tardes de jueves y domingos, la actual Avenida Sarmiento se convertía en un circuito. Según las crónicas, cuatro filas de coches iban y venían por un tramo de unas tres cuadras y modificaban su posición vuelta tras vuelta para garantizar los cruces. Era una coreografía social perfectamente calculada. En cada pasada podía aparecer un compromiso, un rumor, una presentación familiar o una mirada demasiado sostenida.
La palabra corso hoy remite enseguida al carnaval y a las murgas, pero en aquella escena también designaba la ronda de carruajes. Palermo era paseo público, sí, aunque no era un espacio de igualdad. El público podía mirar y caminar; la clase alta disponía de los coches, de los caballos y del tiempo para escenificar una forma de pertenencia. Esa contradicción forma parte del encanto y también de la verdad de aquel Palermo: un parque pensado como bien común que, al mismo tiempo, servía para exhibir las jerarquías de una ciudad que crecía a una velocidad salvaje.
No todo ocurría dentro del coche. La gente se acercaba a los bordes del recorrido, se detenía a observar el paso de los carruajes y convertía el paseo en espectáculo. De esa tradición viene una clave porteña que sobrevive hasta hoy: el placer de salir a mirar la ciudad y ser parte de su escena, aunque uno no compre nada, no corra ninguna carrera y ni siquiera tenga un plan muy definido. Palermo conserva todavía algo de ese teatro de la circulación.
Los Portones, entrada y frontera
En 1897, el nacimiento de la avenida estaba marcado por los célebres Portones de Palermo, ubicados en la zona de la actual Plaza Italia. Por las noches se cerraban. Ese detalle, hoy casi difícil de imaginar frente al movimiento continuo de Santa Fe, Las Heras y Sarmiento, revela que el parque tenía límites concretos y una administración visible. Entrar a Palermo era atravesar un umbral.
Desde allí, hacia un lado se encontraban el viejo Caserón de Rosas, el Jardín Botánico y el Jardín Zoológico; hacia el otro, la Sociedad Rural Argentina. En pocos metros quedaban condensadas varias capas de la historia nacional: la memoria —y el rechazo político— del rosismo; la ciencia y la aclimatación de especies; la exhibición de animales; y el poder económico del mundo agrario. No era solamente un paseo: era una vidriera de la Argentina que las clases dirigentes querían narrar.
El caserón de Juan Manuel de Rosas, conocido como San Benito de Palermo, ya estaba deteriorado cuando se inauguró el Parque 3 de Febrero. Su demolición fue decidida en 1899, durante la intendencia de Adolfo Bullrich. La decisión tuvo un sentido político explícito: para el liberalismo dominante, aquellas paredes representaban lo opuesto a la modernización que buscaban simbolizar el parque, las avenidas y las nuevas instituciones. Con su desaparición no sólo cayó un edificio: también se borró una presencia material incómoda de la historia porteña.
El Jardín Botánico, impulsado por Carlos Thays, abrió al público el 7 de septiembre de 1898, después de seis años de trabajo. El paisajista francés entendía los parques como infraestructura urbana: sitios para aprender, respirar, caminar y ordenar visualmente la ciudad. La cercanía con los Bosques y el Zoológico no era casual. Palermo se construía como un gran distrito del ocio moderno, donde naturaleza, conocimiento y entretenimiento convivían bajo una estética cuidadosamente diseñada.
Del paseo de las quintas al verano junto al río
Los bosques de Palermo formaban parte de un mapa más amplio de ocio para las familias que podían disponer de tiempo y recursos. Se hacían excursiones a quintas de Acassuso, Flores, Adrogué, Temperley, Ramos Mejía, San Isidro y Lomas de Zamora. Esos destinos, que hoy son barrios consolidados o ciudades pegadas al tejido metropolitano, tenían el aura de la salida campestre. Eran tren, carruaje, almuerzo largo, arboleda y regreso antes de que la noche complicara el camino.
La agenda de esa Buenos Aires incluía también veladas en el Colón, el Nacional y la Ópera, además de temporadas en quintas y viajes a Montevideo o Mar del Plata. La ciudad empezaba a inventar sus rituales de fin de semana y de verano. Mientras la elite recorría Palermo en carruaje, la Buenos Aires popular iba formando sus propios lugares de sociabilidad: patios, mercados, conventillos, sociedades de ayuda mutua, bailes y carnavales. Las dos ciudades no estaban separadas por una pared; se miraban, se cruzaban y a veces chocaban.
Palermo también tenía noche: Hansen, música y baile
En este paisaje apareció uno de los nombres legendarios del barrio: el café de Hansen. Hubo allí un establecimiento desde al menos 1869 y, hacia 1877, el inmigrante alemán Juan Hansen arrendó una construcción próxima al paseo. La memoria popular lo convirtió en uno de los sitios vinculados al nacimiento del tango, entre música, baile, bebida y una vida nocturna que la respetabilidad de la época observaba con fascinación y sospecha.
Conviene no congelar esa historia en una postal demasiado prolija. El Palermo de carruajes podía ser refinado durante la tarde y bastante más movedizo cuando caía el sol. Los límites entre parque familiar, restaurante, baile, juego y vida bohemia no siempre eran nítidos. Esa mezcla —la solemnidad del paseo y la desobediencia de la noche— es parte de la genealogía del barrio. Antes de ser Soho, Hollywood o circuito gastronómico, Palermo ya sabía cómo atraer a la gente con la promesa de que algo podía pasar.
El carnaval no fue un decorado: fue una disputa cultural
Cuando se habla del carnaval antiguo conviene evitar una frase cómoda pero incompleta: “el Carnaval fue de los negros”. La presencia afroporteña fue fundamental en las comparsas, los tambores, los bailes y las formas de ocupar la calle, y su herencia atraviesa la cultura popular rioplatense. Pero el carnaval porteño del siglo XIX fue además un terreno de cruces, tensiones y apropiaciones entre grupos sociales y étnicos.
Investigaciones históricas registran comparsas formadas por afrodescendientes, agrupaciones de inmigrantes y también comparsas de blancos que se tiznaban o se disfrazaban de negros. Estas últimas prácticas deben leerse con mirada crítica: no eran un homenaje inocente, sino expresiones atravesadas por el racismo de la época, aunque también revelan hasta qué punto las culturas afrodescendientes habían marcado la música, el baile y la fiesta de Buenos Aires. La historia no se honra maquillándola; se la honra mirando de frente sus contradicciones.
Las fiestas saturnales de la Roma antigua suelen mencionarse como uno de los antecedentes remotos del carnaval, por sus permisos de inversión simbólica, juego y desborde. Sin embargo, el carnaval que llegó al Río de la Plata fue resultado de trayectorias mucho más cercanas y mezcladas: tradiciones ibéricas, catolicismo, prácticas populares, culturas africanas y afroamericanas, migraciones y vida urbana. En Buenos Aires, la fiesta no fue una copia europea transportada en barco. Fue una creación local, ruidosa, mestiza y profundamente callejera.
Por eso el Corso de Palermo y el carnaval no son la misma escena, aunque compartan la palabra y la ciudad. El primero mostró el orden de la elite sobre el paseo; el segundo habilitó, con límites y conflictos, otras voces, cuerpos y ritmos. En uno dominaban los carruajes de importación; en el otro, la calle podía desbordar el protocolo. Entre ambos aparece una Buenos Aires menos plana: rica, desigual, moderna, racista, creativa y viva.
Lo que todavía queda bajo el asfalto
Caminar hoy por Avenida Sarmiento desde Plaza Italia hacia Libertador es atravesar ese archivo sin vitrinas. Ya no están los Portones, el caserón de Rosas ni la larga pasarela de coches de gala. El Zoológico se transformó en Ecoparque; el Botánico sigue guardando el trazado de Thays; la Sociedad Rural continúa frente al parque; los mateos sobreviven como recuerdo turístico de una ciudad a caballo. Y las palmeras, aunque distintas generaciones hayan reemplazado a las originales, todavía ayudan a entender por qué aquella avenida no fue una calle cualquiera.
El Palermo antiquísimo no era más auténtico porque fuera viejo, ni mejor porque tuviera carruajes importados. Era otro: más abierto, menos edificado, más lento y brutalmente desigual. Conocerlo sirve para dejar de mirar al parque como un decorado y empezar a verlo como lo que siempre fue: una gran escena pública donde Buenos Aires ensaya su idea de belleza, poder, diversión y pertenencia. Los caballos se fueron; la necesidad porteña de salir a la calle para mirar y ser mirada, por suerte o por desgracia, sigue perfectamente en marcha.
El Carnaval fue de los negros
Hace centurias los esclavos romanos disponían de tres días por año de libertad relativa. Eran las llamadas fiestas saturnales: se reunían, festejaban, bailaban, cantaban, se embriagaban y hasta podían pedir limosna. Esta es uno de los posibles orígenes de los carnavales. Tal vez vía España hayan llegado a nosotros, con aditamentos propios de los ibéricos.