Año Nuevo bajo control: alcohol, excusas insólitas y una Ciudad que aprende a cuidarse
El Año Nuevo en Buenos Aires dejó fuegos artificiales, brindis largos y también una postal ya clásica del verano porteño: controles de alcoholemia, respuestas delirantes y una pregunta de fondo que se repite cada diciembre como un estribillo incómodo: ¿hasta cuándo vamos a confundir festejo con imprudencia?
Durante la madrugada y las primeras horas del 1° de enero, la Ciudad de Buenos Aires desplegó más de cinco mil controles de alcoholemia en distintos puntos estratégicos. El dato frío dice que solo 38 conductores dieron positivo, con una tasa de positividad del 0,77%, la más baja de los últimos años. El dato humano, en cambio, habla de excusas que rozan el absurdo y de situaciones que, por suerte, no terminaron en tragedia.
Uno de los videos difundidos por Tránsito porteño se volvió viral casi de inmediato. No por morbo, sino porque funciona como espejo social. Un joven aseguró que no podía soplar correctamente porque “le faltaba un pulmón”. Una mujer dio positivo tras haber brindado con “fresita” y llevaba a su bebé en el asiento trasero. Otro conductor, más sincero que prudente, confesó antes del test: “Tengo los 20 pejerreyes encima, ya está”.
Las cifras no mienten: hubo casos con 0,62 g/l, 0,97 g/l y hasta 1,75 g/l de alcohol en sangre. Todos fuera de la ley. Todos potencialmente peligrosos. Y todos detenidos a tiempo.
A nivel nacional, el panorama fue similar. La Agencia Nacional de Seguridad Vial fiscalizó 5.557 vehículos en 39 puntos del país y detectó 96 alcoholemias positivas. El récord negativo se lo llevó Zárate, con 2,23 g/l. Un número que no habla de festejo, sino de ruleta rusa al volante.
Mientras tanto, los hospitales porteños también recibieron el rebote de otra costumbre difícil de erradicar: la pirotecnia. Más de 20 personas resultaron heridas en la Ciudad, la mayoría por lesiones oculares y quemaduras leves. Doce pacientes ingresaron al Hospital Santa Lucía, ocho al Hospital de Quemados y otros dos al Lagleyze. La mayoría jóvenes. Algunos menores. Todos por artefactos que están prohibidos, pero siguen apareciendo como si la ley fuera solo una sugerencia.
La Ciudad insiste —y con razón— en que el uso de pirotecnia sonora está vedado para proteger a personas, animales y al ambiente. No es un capricho moderno ni una moda sensible: es una demanda vecinal sostenida, nacida del hartazgo y del sentido común.
El balance general deja una sensación ambigua. Por un lado, los controles funcionan: menos alcoholemias, más conciencia, más sanciones efectivas. Por el otro, las excusas y los excesos muestran que todavía hay una idea vieja dando vueltas: que manejar después de tomar “un poco” no pasa nada, que el Año Nuevo habilita excepciones, que la fiesta justifica todo.
Pero no. No lo justifica.
Cada control es una frontera invisible entre la anécdota y la tragedia. Cada licencia retenida es, probablemente, una ambulancia menos en la madrugada. Cada multa es un recordatorio de que la calle no es un boliche ni una extensión del living.
Palermo, como barrio y como símbolo, vive estas escenas de cerca: avenidas cargadas, esquinas con operativos, vecinos que vuelven caminando, otros que esperan el colectivo, algunos que todavía creen que el auto es un derecho sin responsabilidad.
El 2026 arranca con una certeza sencilla y antigua, de esas que no pasan de moda: festejar está bien, cuidarse es mejor. No es moralina. Es supervivencia urbana.
Porque el Año Nuevo dura una noche. Las consecuencias, a veces, duran toda la vida.
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Magazine de Palermo – Comuna 14
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