En el borde de la avenida Sarmiento, entre árboles centenarios, maras y pavos reales, se levanta una de las construcciones más elegantes y menos conocidas del antiguo Zoológico de Buenos Aires.
La Confitería El Águila no es solamente un restaurante dentro del Ecoparque: es una superviviente de la Belle Époque porteña y de una manera ceremonial de reunirse alrededor del café.
El edificio fue concebido desde el comienzo como confitería y restaurante; antes de su inauguración no tuvo otro uso, porque fue levantado especialmente para recibir a los visitantes del zoológico.
El nombre El Águila, sin embargo, era mucho más antiguo: ya en 1852 funcionaba en la calle Florida una célebre confitería porteña con esa denominación, antecedente de las posteriores sucursales de la firma.
En 1905, el empresario Santiago Canale inauguró este pabellón diseñado por el arquitecto italiano Virgilio Cestari como una nueva sede de aquella prestigiosa casa gastronómica.
La avenida Sarmiento todavía no estaba completamente urbanizada y numerosos clientes ingresaban en carruajes por el contrafrente del Zoológico para tomar el té a la inglesa.
Aquellas reuniones no eran simples meriendas: formaban parte del paseo social de las familias acomodadas, en una Buenos Aires que buscaba adoptar los modales, la arquitectura y las costumbres de las grandes capitales europeas.
Más de un siglo después, el lugar recuperó su función original y volvió a funcionar durante toda la jornada, desde el desayuno hasta la cena.
Por la mañana se puede tomar café acompañado por medialunas, tostadas con queso y mermelada, opciones con palta y huevo y preparaciones sencillas inspiradas en la tradición de la confitería porteña.
La merienda suma medialunas con jamón y queso, pastelería, tostadas, infusiones y platos pensados para compartir bajo los árboles o en los salones históricos.
Al mediodía y por la noche, la propuesta recupera sabores clásicos de Buenos Aires mediante una cocina contemporánea, vinos argentinos y una carta de cócteles, actualmente bajo la dirección gastronómica del chef Julián Gallende.
La carta es estacional, de modo que los platos concretos pueden cambiar, pero se mantiene la idea de ofrecer una cocina reconocible, porteña y confortable, antes que una gastronomía experimental desligada del lugar.
Sus 562 metros cuadrados se distribuyen entre dos plantas, terrazas, patios, un salón privado para doce personas y una pequeña cava subterránea preparada para cuatro comensales.
La restauración respetó los muros portantes de ladrillo, la perfilería de acero, las cubiertas, los pisos y la fachada Art Nouveau decorada con guirnaldas, mascarones, cartelas y formas vegetales.
En los interiores se incorporaron mesas, espejos y piezas de madera compradas en remates del histórico Hotel Plaza, creando un diálogo entre dos testimonios de la antigua vida social porteña.
Luego de su etapa de esplendor, el pabellón permaneció abandonado, funcionó como Centro de Arte y Naturaleza de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, volvió a ser restaurante durante los años noventa y nuevamente quedó sin actividad.
En julio de 2023 reabrió como Águila Pabellón después de una restauración integral dirigida por la arquitecta Diana Lisman, recuperando así el destino gastronómico para el cual había sido construido.
Las cabezas de águila ubicadas sobre el acceso y en las esquinas no representan una especie alojada antiguamente en el zoológico: funcionan, ante todo, como emblema arquitectónico y como identificación visible de la histórica confitería.
No se conoce una memoria original de Cestari que explique un significado iconográfico preciso, aunque dentro del lenguaje monumental de la época el águila suele sugerir altura, vigilancia, prestigio y dominio del paisaje.
Custodiado por esas aves de piedra, El Águila continúa haciendo lo mismo que hace más de cien años: servir café, reunir personas y permitir que Buenos Aires converse, sin apuro, con su propia memoria.
La histórica Confitería El Águila, de reminiscencias Art Nouveau cuenta con entrada independiente por Avenida Sarmiento.
Fue una de las primeras confiterías de Buenos Aires en abrir, cuando la calle Sarmiento todavía no estaba desarrollada y al café lo entraban con carruajes por la parte trasera del predio.
El histórico café Pabellón El Águila ubicado en el Ecoparque como “Águila Pabellón”, un nuevo restaurante que se suma a la amplia oferta gastronómica de Palermo. El inmueble de 562 m² construidos con estilo Art Nouveau entre las dos plantas del interior y las terrazas de la planta baja y el primer piso. El restaurante tiene dos lugares privados. Por un lado, una cava en el subsuelo con paredes revestidas en laja en la que se puede hacer una reserva para cuatro personas. Por el otro, un salón en el primer piso para 12 comensales con baño y servicio propio.
Un sitio histórico
En una Argentina que daba sus primeros pasos, se fundó en 1888 el ex Jardín Zoológico de Buenos Aires dentro de los límites de la Capital Federal. Emblemático, recibió millones de visitas hasta su cierre en 2016 cuando comenzaron los planes para transformarse en Ecoparque. A lo largo de los 128 años que estuvo abierto, funcionaron en él distintas propuestas de entretenimiento y servicios. Una de ellas fue la confitería Pabellón El Águila, cuya trascendencia le dio al inmueble en el que estaba situado el título de patrimonio histórico.
El ex zoo, inaugurado en 1888, se caracteriza por su estilo victoriano, y sus pabellones, declarados Monumentos Históricos Nacionales, reflejan los rasgos arquitectónicos de cada uno de los países de origen de las especies a las que aloja (chino, hindú, morisco y grecorromano). “Confitería El Águila”, ubicado en el predio del ex Jardín Zoológico de la Ciudad “Eduardo Ladislao Holmberg”, actual Ecoparque Interactivo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Un café de otra Buenos Aires
La historia de El Águila nace en una ciudad que todavía estaba formándose.
El edificio fue proyectado por el arquitecto Virgilio Cestari e inaugurado en 1905 por el empresario Santiago Canale como sucursal de la confitería homónima ubicada en Callao y Santa Fe. En aquellos años, cuando la avenida Sarmiento aún no estaba completamente desarrollada, las familias llegaban en carruajes por la parte posterior del predio para participar de ceremonias de té al estilo inglés.
El pabellón se integraba al proyecto cultural del entonces Jardín Zoológico, inaugurado en 1888 bajo la dirección de Eduardo Ladislao Holmberg, concebido como espacio educativo, científico y recreativo para una Buenos Aires que buscaba parecerse a las capitales europeas.
Durante décadas, la confitería fue punto de encuentro de la vida social porteña, escenario de paseos familiares y símbolo del vínculo entre naturaleza, arquitectura y entretenimiento.
Arquitectura con identidad propia
El edificio posee un valor patrimonial excepcional por sus características constructivas y estéticas:
estilo Art Nouveau con ornamentación vegetal y curvas orgánicas
mascarones, guirnaldas y cartelas decorativas
acróteras con cabezas de águila en las esquinas
estructura de ladrillos portantes con perfilería de acero
cubiertas de madera y chapa en el volumen central
terrazas con vista al parque
La fachada originalmente revestida en símil piedra y la escultura que corona el acceso lo convierten en una de las piezas arquitectónicas más singulares del predio.
El conjunto del ex Zoológico fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1997, consolidando el valor testimonial del edificio dentro del paisaje urbano porteño.
Transformaciones, deterioro y restauración
El Águila no estuvo ajena a las tensiones de la historia reciente.
Durante la década de 1990 el edificio fue transformado en restaurante, intervención que modificó su espacio interior y provocó la pérdida de elementos originales, alteraciones cromáticas y cambios estructurales.
Posteriormente se detectaron problemas edilicios:
filtraciones en canaletas y desagües
humedad ascendente en muros
fisuras en fachada
oxidación de estructuras metálicas
desprendimientos de revoques
leve hundimiento del terreno
A pesar de ello, su estructura general se mantiene estable y el edificio conserva su valor arquitectónico y paisajístico.
Del Zoológico al Ecoparque
El destino de la confitería está ligado al del predio que la alberga.
El Jardín Zoológico de Buenos Aires cerró en 2016 tras 128 años de funcionamiento para iniciar su transformación en el actual Ecoparque Interactivo, orientado a la educación ambiental y conservación de especies.
El proceso implicó redefinir los usos de los pabellones históricos mediante concesiones y proyectos culturales. En ese contexto se impulsó la explotación gastronómica del inmueble mediante licitación pública por 15 años, con un canon mensual establecido por el Gobierno porteño.
El edificio, de unos 562 m², fue proyectado como espacio gastronómico con capacidad para más de 300 personas, terrazas panorámicas, cava subterránea y salones privados.
El presente en 2026: entre patrimonio y reconversión
Hoy, la ex Confitería El Águila se mantiene como uno de los puntos más emblemáticos del Ecoparque y forma parte del debate sobre la recuperación del patrimonio histórico porteño.
Su valor excede lo gastronómico: representa una pieza clave del antiguo modelo cultural del zoológico, un testimonio de la arquitectura de principios del siglo XX y un símbolo del modo en que Buenos Aires pensó el entretenimiento, la ciencia y el espacio público.
Mientras la Ciudad avanza con la revalorización del predio, el desafío sigue siendo equilibrar explotación comercial, conservación histórica y uso público.
Un edificio que es memoria urbana
La Confitería El Águila es mucho más que un antiguo café. Es el reflejo de una época en que Buenos Aires soñaba con ser europea, del paseo dominical de las familias, del ritual del té y del vínculo entre arquitectura y naturaleza.
Entre las sombras de sus terrazas y las águilas que custodian sus cornisas, el edificio continúa narrando la historia de la ciudad: una Buenos Aires que cambia, se reinventa y siempre vuelve a dialogar con su pasado.