La unidad de servicio 148, en Godoy Cruz y Seguí, conserva una imagen reconocible del barrio. La polémica por el retiro del histórico tótem de la sede central del Automóvil Club Argentino vuelve a plantear una pregunta: ¿modernizar significa borrar lo que tiene valor?
Por | Barrial de Palermo Magazine
En la esquina de Godoy Cruz y Juan Francisco Seguí, el Automóvil Club Argentino forma parte del paisaje cotidiano de Palermo. Allí está la unidad de servicio 148, con su edificio de líneas geométricas, sus rampas curvas y ese cartel que los vecinos reconocen sin necesidad de acercarse: una figura con los brazos extendidos, el número de la estación, el emblema del ACA y un mapa. Las fotografías que acompañan esta nota muestran algo que suele perderse en las decisiones de escritorio: una señal puede ser mucho más que publicidad. Puede convertirse en memoria barrial.
El complejo ocupa parte de la manzana delimitada por Godoy Cruz, Seguí y Demaría. Una publicación barrial de 2021 atribuye su proyecto al arquitecto Jaime Washington Sequeira y destaca sus columnas helicoidales. Su escala y su organización permiten entenderlo como un edificio pensado alrededor del automóvil y sus servicios, mucho más amplio que una simple playa de surtidores. Conviene distinguirlo de la sede central de avenida del Libertador: son edificios diferentes, aunque compartan institución e identidad visual. palermonoticias.com.ar
Una institución que ayudó a recorrer la Argentina
El Automóvil Club Argentino nació el 11 de junio de 1904, con Dalmiro Varela Castex como primer presidente. Su historia acompañó la expansión del automóvil, las competencias deportivas y los viajes por carretera. Las estaciones, los mapas y la asistencia hicieron del ACA una presencia reconocible para generaciones de argentinos: una referencia donde cargar combustible, orientarse y encontrar ayuda.
Las siglas internacionales vinculadas con la institución también hablan de esa trayectoria. FIA corresponde a la Federación Internacional del Automóvil; AIT, a la Alianza Internacional del Turismo; y FITAC identifica a la Federación Interamericana de Touring y Automóvil Clubes. Detrás de esas denominaciones hay una historia de vínculos entre movilidad, turismo y automovilismo deportivo que excede ampliamente la venta de nafta.
El “muñeco” que no era un cartel cualquiera
La controversia reciente se produjo frente a la sede central, en avenida del Libertador 1850, donde el ACA retiró el tótem tradicional y colocó otro que incorporaba iluminación LED. El nuevo diseño conservaba la silueta de un playero señalando el ingreso, pero prescindía del clásico mapa de la red de asistencia y estaciones. El cambio provocó cuestionamientos de vecinos y defensores del patrimonio.
Hay una precisión fundamental: la sede central es Monumento Histórico Nacional y sus dos tótems también fueron declarados monumentos, de manera expresa, por el Decreto 637/2017. El edificio fue proyectado en 1940 e inaugurado el 27 de diciembre de 1942. La protección alcanza tanto al conjunto arquitectónico como a los elementos identificatorios ubicados en Libertador y Tagle, y en Pagano y Pereyra Lucena. Albergar espacios de exposición no equivale a ser un “museo nacional”: la categoría comprobada es Monumento Histórico Nacional.
Ese reconocimiento tiene una razón evidente: el patrimonio incluye objetos que organizan la experiencia de una ciudad. El llamado “muñeco del ACA” representaba una manera de viajar, de reconocer una estación y de imaginar un país conectado por caminos. Reducirlo a una superficie disponible para renovar la marca supone ignorar precisamente aquello que lo volvió valioso.
La explicación del ACA y el reclamo de restitución
Según informó el 3 de octubre LA NACION, el ACA sostuvo que el retiro fue preventivo: peritajes habían detectado fisuras y peligro de derrumbe. La entidad afirmó que el reemplazo era temporal y anunció la restauración y posterior reinstalación del original, con intervención de profesionales seleccionados por la Comisión Nacional de Monumentos. Por su parte, el Gobierno porteño intimó a restituirlo. La información consultada confirma ese compromiso.
Evitar un accidente es una obligación. Explicar qué se retira, presentar los informes y comunicar cómo se conservará una pieza histórica también debería formar parte de una gestión responsable. La controversia muestra el costo de intervenir sobre un símbolo colectivo sin una explicación pública capaz de despejar las dudas desde el comienzo.
En este caso, fue el Gobierno de la Ciudad el que reclamó la restitución; además, la declaratoria nacional de 2017 lleva la firma de Mauricio Macri. La crítica puede ser contundente sin torcer esos hechos.
“Lo viejo funciona”: conservar también es pensar en el futuro
La frase “lo viejo funciona”, que resuena en El Eternauta, sirve aquí como una idea editorial: antes de descartar algo, hay que entender qué conserva y qué aporta. Una pantalla puede mejorar la información. No puede fabricar décadas de pertenencia.
No sabemos qué habrían dicho Varela Castex o Fangio ante este reemplazo. No hace falta inventarles una respuesta. La pregunta que sí podemos hacerles a las autoridades actuales es concreta: ¿cómo se moderniza una institución sin empobrecer su historia?
Desde la estación 148 de Palermo, el viejo lenguaje del ACA todavía ofrece una respuesta. El mapa, la figura y el emblema siguen siendo legibles, reconocibles y propios. Restaurar requiere conocimiento, oficio y criterio. Cambiar un cartel requiere bastante menos.
Buenos Aires merece una modernización que sepa conservar. Porque cuando una gestión confunde novedad con valor, el barrio termina pagando la diferencia.