En la esquina de María Teresa Ferrari y Godoy Cruz permanece parte de una enorme estructura industrial vinculada con La Superiora. El establecimiento integró el corredor bodeguero que funcionaba alrededor del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, muy cerca de los históricos depósitos de Giol.
En María Teresa Ferrari y Godoy Cruz, detrás de paredes cubiertas por afiches y grafitis, todavía se levantan los restos de una construcción que recuerda al Palermo industrial. Son las ruinas atribuidas a los antiguos depósitos de La Superiora, la célebre marca de la familia Graffigna, nacida en San Juan y convertida durante el siglo XX en una de las grandes protagonistas de la industria vitivinícola argentina.
La ubicación no fue casual. A pocos metros funcionaba la estación Palermo y su enorme playa de cargas, perteneciente originalmente al Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico. Por esos ramales llegaban desde Cuyo vagones cargados con vino, destinado al fraccionamiento, almacenamiento y distribución en Buenos Aires. La proximidad con las vías reducía costos y permitía abastecer rápidamente al principal mercado consumidor del país.
La Superiora no era jurídicamente una continuación de Bodegas Giol, sino otra empresa vitivinícola que compartía el mismo sistema ferroviario y el extraordinario corredor industrial formado alrededor de Palermo. Los establecimientos quedaron unidos por la geografía, el vino y el ferrocarril: Giol ocupaba el gran predio situado hacia Paraguay y Godoy Cruz, mientras La Superiora contaba con instalaciones administrativas y depósitos en el área.
Durante décadas, este sector no tuvo torres vidriadas, locales gastronómicos ni complejos comerciales. Había galpones, desvíos ferroviarios, carros, camiones, toneles y cuadrillas de trabajadores. El vino producido en Mendoza y San Juan atravesaba cientos de kilómetros hasta llegar a Palermo, donde comenzaba otra etapa de su recorrido comercial.
El Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico —antecesor de la actual Línea San Martín— resultó decisivo para esa transformación. Su tendido conectaba Buenos Aires con las provincias cuyanas y convirtió los alrededores de la estación Palermo en una verdadera puerta de entrada para el vino argentino. La estación mantuvo servicios de cargas hasta 1989, cuando el cierre de Giol dejó al gran playón prácticamente sin actividad.
Con el retroceso del transporte ferroviario de cargas, la crisis de las antiguas bodegas y el avance del negocio inmobiliario, aquel paisaje productivo comenzó a desaparecer. Los terrenos fueron vendidos, subdivididos o destinados a nuevos emprendimientos. En las ex Bodegas Giol se instaló el Polo Científico Tecnológico, mientras una parte de la antigua playa ferroviaria se transformó en Distrito Arcos.
Las ruinas de La Superiora quedaron así rodeadas por otra ciudad. En la fotografía tomada por Palermo Tour se distinguen muros deteriorados, vegetación creciendo entre las estructuras y grandes cabriadas metálicas sin cubierta. Detrás aparece la silueta brillante de una torre contemporánea: una postal perfecta del choque entre el Palermo fabril y el Palermo inmobiliario.
Lo que permanece en pie no debería contemplarse solamente como un terreno disponible. Es un fragmento de la memoria industrial del barrio, cuando Palermo también producía, almacenaba y distribuía mercaderías para todo el país. Allí trabajaron empleados ferroviarios, operarios de depósitos, administrativos, transportistas y comerciantes vinculados con una actividad que sostuvo miles de puestos laborales.
La esquina plantea ahora una pregunta inevitable: ¿se conservará algún testimonio de La Superiora o las estructuras terminarán desapareciendo bajo un nuevo desarrollo? Palermo ya perdió numerosos galpones, talleres, casas y depósitos sin que quedara siquiera una placa que explicara su historia.
Entre los hierros oxidados todavía parece escucharse el ruido de aquellos vagones que llegaban desde Cuyo. La Superiora y Giol fueron empresas diferentes, pero formaron parte de una misma época: la de un ferrocarril que transportaba producción y de un Palermo que, mucho antes de convertirse en una marca gastronómica y residencial, fue uno de los grandes centros logísticos de Buenos Aires.