El enemigo silencioso de muchos departamentos porteños aparece detrás de los muebles, en las esquinas y sobre las paredes más frías. Lavandina, antihongos, ventilación, deshumidificadores y hasta la antigua pintura a la cal: qué sirve, qué no sirve y por qué limpiar la mancha negra es apenas la mitad del trabajo.
En Palermo y en buena parte de la Ciudad de Buenos Aires hay una escena que se repite cada invierno: se mueve un mueble y aparece una pared salpicada de pequeños puntos negros. Primero son unos pocos. Después forman manchas, avanzan hacia las esquinas y, cuando finalmente se los limpia con lavandina, desaparecen durante un tiempo para regresar semanas o meses más tarde.
El problema muchas veces no es una cañería rota ni una filtración desde el exterior. Es algo bastante más cotidiano: condensación.
Y ahí está el primer secreto para terminar con el problema: el moho no aparece por generación espontánea. Para desarrollarse necesita determinadas condiciones ambientales y, fundamentalmente, humedad. Por eso podemos matar una colonia de hongos hoy y encontrarnos con otra en el mismo lugar más adelante si no modificamos las condiciones que permitieron su crecimiento.
Esta es una guía práctica para entender qué está pasando, limpiar correctamente las paredes y, sobre todo, evitar entrar en el círculo interminable de moho, lavandina, pintura y nuevamente moho.
Primero hay que saber qué humedad tenemos
Antes de comprar cualquier producto hay que mirar la pared.
No toda mancha de humedad tiene el mismo origen.
Una filtración suele estar localizada y muchas veces empeora después de las lluvias. Una pérdida de una cañería puede producir una zona húmeda persistente. La humedad ascendente por capilaridad suele comenzar desde abajo y puede venir acompañada por desprendimientos, deterioro del revoque y aparición de sales.
La condensación tiene otro comportamiento.
Es frecuente encontrarla en esquinas, paredes exteriores, alrededor de ventanas, detrás de placares y muebles y en habitaciones con poca renovación de aire. Se intensifica durante las épocas frías.
El mecanismo es sencillo: dentro de una vivienda producimos vapor de agua constantemente. Respiramos, cocinamos, nos bañamos, secamos ropa. Cuando ese aire húmedo entra en contacto con una superficie suficientemente fría, puede alcanzar su punto de rocío y parte del vapor se transforma en agua sobre la superficie.
Quizás no veamos gotas corriendo por la pared. Puede tratarse simplemente de una humedad microscópica y repetida.
Para el hongo, alcanza.
El gran error: limpiar el moho en seco
Una pared cubierta de puntos negros invita inmediatamente a pasarle un trapo, una servilleta, papel de cocina o un cepillo.
No es lo más conveniente.
Al frotar una colonia seca podemos desprender partículas y esporas y dispersarlas por el ambiente. Es preferible tratar la superficie evitando levantar polvo.
Antes de comenzar conviene abrir las ventanas, ventilar bien el ambiente y utilizar guantes. Cuando la superficie afectada es importante también resulta prudente utilizar protección ocular y respiratoria adecuada.
Lavandina: sirve, pero no hace milagros
La lavandina —hipoclorito de sodio— puede ser útil para tratar moho superficial sobre determinadas superficies.
Pero existe una confusión habitual: creer que si la pared quedó nuevamente blanca, el problema quedó solucionado.
No necesariamente.
La lavandina puede limpiar, desinfectar y decolorar las manchas, pero no elimina la causa que produjo el moho.
Además, las sucesivas aplicaciones pueden terminar deteriorando o decolorando la pintura.
Si se utiliza lavandina doméstica, debe prepararse y aplicarse siguiendo las instrucciones de dilución y tiempo de contacto indicadas por el fabricante para ese producto y esa superficie, ya que las concentraciones comerciales pueden variar.
Conviene aplicarla mediante un paño o esponja, evitando generar una nube de aerosol y sin empapar innecesariamente el revoque.
Después del tiempo de actuación indicado se retiran los residuos según las instrucciones del producto y se deja secar completamente la pared con muy buena ventilación.
Y existe una regla que no admite experimentos caseros:
La lavandina no debe mezclarse con vinagre, amoníaco, ácido muriático ni otros productos de limpieza.
Algunas de esas combinaciones pueden generar gases peligrosos.
Más química no significa necesariamente más limpieza.
¿Sirven los productos comerciales antihongos?
Sí.
Los limpiadores antimoho listos para usar tienen la ventaja de estar formulados específicamente para ese trabajo. Algunos contienen hipoclorito y otros emplean diferentes principios activos.
También existen tratamientos fungicidas destinados a preparar paredes antes de pintar y pinturas formuladas para ofrecer mayor resistencia al desarrollo de hongos.
Hay que distinguir las tres funciones.
Un producto puede servir para limpiar el hongo existente.
Otro puede utilizarse como tratamiento del soporte.
Y una pintura antihongo puede contribuir a dificultar una nueva colonización.
Ninguno puede impedir que una pared fría continúe condensando agua.
¿Y el agua oxigenada?
Para pequeñas superficies también puede considerarse el agua oxigenada doméstica al 3 %, conocida habitualmente como 10 volúmenes.
Como ocurre con cualquier tratamiento, primero debería probarse sobre una zona poco visible porque puede alterar determinados colores o terminaciones.
No debe mezclarse alegremente con otros productos.
La regla más segura en estos trabajos domésticos es sorprendentemente sencilla: un producto por vez y respetando sus instrucciones.
La vieja solución de nuestros abuelos: volver a mirar la cal
Mucho antes de que existieran las góndolas repletas de pinturas antihongos, innumerables viviendas, cocinas, patios, sótanos, depósitos y construcciones rurales se encalaban.
No era solamente una cuestión estética.
La cal hidratada o apagada genera un medio fuertemente alcalino, poco favorable para el desarrollo de muchos microorganismos. Además, un acabado mineral de cal es permeable al vapor de agua.
Por eso la antigua pintura a la cal continúa siendo una alternativa interesante en determinados soportes.
Pero tampoco es magia.
Cómo utilizar una lechada de cal
Para pintar debe utilizarse cal hidratada o apagada apta para ese uso, nunca improvisar manipulando cal viva.
Una preparación tradicional sencilla puede partir aproximadamente de una parte de cal hidratada por tres o cuatro partes de agua, ajustando la cantidad hasta obtener una lechada bastante líquida, similar a una leche cremosa.
Se mezcla cuidadosamente, se deja reposar y se vuelve a homogeneizar. Si existen grumos puede colarse.
Antes de intervenir toda una habitación conviene realizar una pequeña prueba.
La lechada se aplica con pincel en manos delgadas. No hay que intentar conseguir una pared perfectamente blanca mediante una única capa gruesa.
Una mano fina, secado; otra mano fina, secado.
Dos o tres capas delgadas suelen comportarse mejor que una aplicación excesivamente gruesa.
La cal se aclara considerablemente al secarse y continúa su proceso de carbonatación al reaccionar progresivamente con el dióxido de carbono del aire.
¿Cal con sal, bicarbonato, carbonato y otros secretos caseros?
Existen infinidad de fórmulas tradicionales para modificar las características de una pintura a la cal.
Pero para una vivienda urbana con un problema de condensación no hace falta convertir un balde en un laboratorio químico.
Una formulación sencilla de cal hidratada y agua permite evaluar el comportamiento del sistema sin introducir sales y sustancias cuya compatibilidad con la pared desconocemos.
Agregar productos porque “alguna vez se hacía así” tampoco garantiza un mejor resultado.
La construcción tradicional era bastante más sofisticada de lo que a veces imaginamos: cada material tenía su soporte, su preparación y su técnica.
Atención: la cal no se lleva bien con cualquier pared pintada
Este punto es fundamental.
La pintura a la cal funciona especialmente bien sobre superficies minerales absorbentes: determinados revoques de cal o cemento, mampostería y soportes compatibles.
Pero muchos departamentos actuales tienen sucesivas capas de látex o pinturas acrílicas.
Aplicar simplemente una lechada de cal sobre una película plástica vieja puede provocar mala adherencia, desprendimientos o una superficie que quede permanentemente polvorienta.
Si la pintura existente está degradada por años de humedad y sucesivas limpiezas con lavandina, hay que retirar mediante rasqueteado o lijado todo aquello que esté flojo.
El soporte debe quedar firme, limpio y compatible con la terminación elegida.
Por eso, antes de encalar una habitación completa, siempre conviene hacer una prueba.
¿Es peligroso dormir en una habitación pintada con cal?
Durante la preparación y aplicación hay que tomar precauciones.
La cal hidratada húmeda es fuertemente alcalina y puede irritar o producir lesiones, especialmente en los ojos. Deben utilizarse guantes, protección ocular, evitar respirar polvo y mantener una buena ventilación.
Mientras se realiza el trabajo y durante el secado inicial, lo prudente es no utilizar la habitación para dormir.
Una vez que la superficie se encuentra completamente seca, el ambiente ha sido correctamente ventilado y no existe polvo en suspensión, la situación es diferente.
La cal va reaccionando progresivamente con el dióxido de carbono del ambiente y formando carbonato de calcio.
De todas maneras, después del secado conviene pasar suavemente la mano por una pequeña zona. Si libera grandes cantidades de polvo blanco, puede indicar que el acabado no se fijó correctamente al soporte.
En ese caso hay que solucionar el problema antes de utilizar normalmente el ambiente.
El aparato de pocos pesos que puede explicar todo: un higrómetro
Antes de gastar una fortuna en pinturas, tratamientos y albañiles, hay un pequeño instrumento que puede aportar una información enorme: el higrómetro.
Mide la humedad relativa del aire.
Para reducir el riesgo de crecimiento de moho conviene evitar mantener los ambientes durante períodos prolongados por encima del 60 % de humedad relativa. Como referencia doméstica, mantener aproximadamente un 40 a 50 % suele ofrecer un margen confortable, aunque las condiciones ideales también dependen de la temperatura y de las personas que ocupan el ambiente.
Una habitación que permanece noche tras noche en 70 u 80 % está dando una pista enorme.
La pared no necesariamente está rota.
El aire está cargado de agua.
Ventilar bien no significa vivir con la ventana abierta
Existe otra vieja confusión porteña: creer que ventilar consiste en dejar una ventana abierta apenas dos centímetros durante medio día.
Una ventilación breve e intensa puede resultar mucho más efectiva.
Abrir ampliamente ventanas durante unos minutos y, cuando sea posible, generar ventilación cruzada permite renovar una cantidad importante de aire sin enfriar durante horas toda la estructura de la vivienda.
En dormitorios conviene ventilar especialmente por la mañana porque durante toda la noche sus ocupantes liberaron humedad mediante la respiración.
En baños y cocinas los extractores con descarga efectiva hacia el exterior pueden resultar fundamentales.
El placard pegado a la pared: fábrica de hongos
Muchas veces el dormitorio parece impecable hasta que alguien decide mover un placard.
Atrás aparece un pequeño ecosistema.
No es casualidad.
Cuando un mueble grande está completamente pegado contra una pared fría, prácticamente desaparece la circulación de aire en esa superficie.
Conviene dejar aproximadamente 5 a 10 centímetros de separación cuando las condiciones del ambiente y el mobiliario lo permitan, especialmente contra paredes exteriores problemáticas.
Lo mismo vale para respaldos de cama, bibliotecas, cómodas y grandes muebles.
El aire tiene que circular.
Cuando ventilar no alcanza: deshumidificar
En algunos departamentos la geometría, orientación, aislamiento, cantidad de habitantes o características constructivas hacen que la ventilación natural no resulte suficiente.
Ahí aparece una herramienta extraordinariamente efectiva: el deshumidificador.
El equipo retira agua del aire y permite controlar la humedad relativa de manera mucho más precisa.
No repara un caño roto ni una filtración —para eso hay que reparar el edificio—, pero frente a un problema genuino de condensación puede cambiar radicalmente las condiciones interiores.
La diferencia conceptual es enorme.
En lugar de matar hongos cada quince días, estamos quitándole al hongo una de las condiciones que necesita para vivir.
¿Y la pintura antihongo?
Tiene sentido, pero en el momento correcto.
Primero se elimina el moho.
Después se deja secar.
Se retiran pinturas flojas.
Se repara el soporte cuando corresponde.
Se aplica el sistema de preparación recomendado para la pintura elegida.
Y finalmente se pinta.
Una buena pintura antihongo puede ofrecer una protección adicional muy útil, especialmente en dormitorios, baños y cocinas.
Pero pintar directamente encima del hongo es esconder el problema debajo de la alfombra.
Literalmente, pero en vertical.
La batalla definitiva contra el moho se libra en el aire
Después de tantos años limpiando paredes negras, muchos vecinos terminan convencidos de que existe un producto secreto que todavía no descubrieron.
Una lavandina más fuerte.
Un fungicida profesional.
Una pintura carísima.
Una receta de la abuela.
La realidad es menos espectacular y bastante más interesante.
Si el origen comprobado es la condensación, la verdadera solución consiste en combinar limpieza, una superficie correctamente terminada y control ambiental.
Eliminar el hongo existente.
Secar completamente.
Recuperar la pared.
Elegir una terminación compatible —una buena pintura antihongo o, cuando el soporte lo permita, incluso volver a estudiar la tradicional pintura a la cal—.
Ventilar.
Separar los muebles.
Medir la humedad.
Y deshumidificar cuando sea necesario.
Porque mientras una pared fría siga recibiendo aire saturado de humedad, estaremos peleando contra la consecuencia y no contra la causa.
La pared negra no siempre está avisando que el edificio tiene agua adentro.
A veces está diciendo algo mucho más sencillo:
hay demasiada agua en el aire de nuestra propia casa.
Y quizás esa sea la gran enseñanza después de tantos baldes de lavandina: al moho podemos matarlo hoy. Para impedir que vuelva mañana, tenemos que cambiar el ambiente en el que pretende vivir.
Palermo Barrial