Todo empezó en una chacra: la verdadera historia del nombre de Palermo
Desde los bañados del Río de la Plata hasta el barrio más grande y famoso de Buenos Aires
Palermo Tour Noticias
Magazine de Palermo. Comuna 14.
Por Palermotour
Palermo, el barrio más grande y emblemático de la Ciudad de Buenos Aires, guarda un origen tan difuso como fascinante. Entre mitos, documentos coloniales, santos venerados y chacras olvidadas, su nombre emerge del barro, la fe y la memoria. En estas líneas, recorremos cuatro siglos de historia, desde las primeras suertes de Juan de Garay hasta el bullicio de sus cafés modernos.
I. El paisaje antes de Palermo
Antes de que existieran las calles arboladas, los cafés y las torres, el terreno donde hoy late Palermo era un pantano. A fines del siglo XVI, esa ribera del Río de la Plata era una tierra salvaje y húmeda: bañados interminables, juncales espinosos, ceibos de flor roja, espinillos y jarillares que olían a resina.
En aquel paisaje sin calles ni mapas, el horizonte se abría en silencio. Los ñandúes corrían libres y los pumas acechaban ciervos de los pantanos. Los primeros pobladores europeos lo miraron con respeto, quizás también con miedo.
Cuando Juan de Garay fundó en 1580 la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, el acto fundacional trajo consigo un gesto práctico: repartir la tierra. Garay entregó 65 suertes —chacras coloniales— a los conquistadores que lo acompañaban. Una de esas suertes, la número 7, quedaría en manos del capitán Manuel Gómez de la Puerta Saravia, y allí comenzaría esta historia.
II. Una herencia, un amor y un apellido
Gómez de la Puerta tuvo una hija llamada Isabel, que se casó con un hombre que administraba la chacra familiar: Juan Domínguez Palermo.
Poco después, al morir su suegro, el matrimonio heredó la tierra. Aquel hombre, al que los cronistas describen como trabajador, culto y visionario, no solo se dedicó a cultivar árboles frutales y vides —probablemente el primer viñedo del país— sino que dejó su nombre grabado en la historia.
Las tierras del actual Palermo estaban delimitadas por las calles Cabrera, Coronel Díaz, Agüero y Libertador. En ese espacio, Domínguez Palermo plantó un sueño que el tiempo transformaría en barrio.
De acuerdo con el historiador Miguel Sorondo, su apellido ya figuraba en documentos oficiales hacia 1685. Así, casi medio siglo después de la fundación de Buenos Aires, el nombre “Palermo” comenzaba a fijarse en los registros coloniales.
Algunos suponen que Juan Domínguez era siciliano, por lo que su nombre evocaría también la ciudad italiana de Palermo, capital de Sicilia. Pero otros historiadores lo niegan, recordando que solo los ciudadanos españoles podían ocupar cargos públicos en la Buenos Aires colonial. Más allá del origen, el apellido quedó: Palermo, como una semilla que el tiempo convertiría en emblema.
III. El arroyo y la nostalgia siciliana
Pero hay otra versión, más romántica y un poco más fantasiosa.
Cuenta Julio Jaime Répide que, muchos años después, una señora —suegra de un tal señor Torrecillas— bautizó a un curso de agua cercano a su casa como “Arroyo de Palermo”. La razón: le recordaba los paisajes de Sicilia, con sus colinas suaves y el humo del Etna recortado contra el cielo.
Ese arroyo existió: serpenteaba entre lo que hoy son la Biblioteca Nacional y la avenida Figueroa Alcorta, cruzando terrenos bajos que en épocas de lluvia se volvían lagunas.
La imagen es potente. Palermo como una evocación de la patria lejana, un gesto de nostalgia mediterránea en la pampa húmeda. Pero la cronología no encaja del todo: el matadero de la Recoleta —mencionado en la historia— se construyó después de 1685. Por eso, esta teoría tiene más aroma de leyenda que de documento.
IV. El santo negro y la devoción popular
Una tercera hipótesis, más piadosa, relaciona el nombre del barrio con la capilla dedicada a San Benito de Palermo, levantada en honor a un santo venerado por los esclavos africanos que trabajaban en la zona.
San Benito, nacido en Sicilia en el siglo XVI, era hijo de esclavos y fue conocido como el Moro o el Negro. En Buenos Aires, los afrodescendientes lo adoptaron como su patrono y celebraban misas los domingos en su nombre.
En ese punto confluyen el arroyo, la capilla y el apellido.
El barrio se conoció durante décadas como Palermo de San Benito.
Los documentos posteriores, ya en tiempos de Rosas, mantienen esa denominación. Y aunque los estudios más recientes sostienen que el nombre deriva del apellido de Domínguez Palermo, no hay duda de que la figura del santo le dio identidad espiritual al lugar.
V. Rosas y el sueño de un imperio criollo
Para el año 1838, el poderoso gobernador Juan Manuel de Rosas adquirió más de 540 hectáreas entre los arroyos Maldonado (actual Juan B. Justo) y Ugarteche (hoy calle Austria).
Allí levantó su célebre residencia de Palermo de San Benito, un casco señorial rodeado de quintas, naranjos y potreros. El terreno era una suerte de isla entre los dos arroyos, bordeada por el río.
Rosas transformó el paisaje. Mandó rellenar los pantanos con carretas cargadas de tierra negra traídas desde Belgrano y Recoleta. Construyó caminos, diseñó un parque privado y plantó miles de árboles frutales.
Su correspondencia oficial estaba fechada “en Palermo de San Benito”, dejando constancia del nombre y del orgullo que sentía por su territorio.
Era un imperio personal.
Allí organizaba recepciones, jineteadas y actos oficiales.
Los porteños del siglo XIX miraban hacia esas tierras con una mezcla de fascinación y temor. Palermo se convertía, por primera vez, en símbolo de poder.
VI. De la derrota de Rosas al Parque Tres de Febrero
El 3 de febrero de 1852, Rosas fue derrotado en la batalla de Caseros y debió exiliarse en Southampton. Sus tierras fueron confiscadas y, con los años, el Estado decidió convertirlas en parque público.
El 25 de junio de 1874 se sancionó la ley que dio nombre al Parque Tres de Febrero, en homenaje a la fecha de aquella batalla. El proyecto fue impulsado por Domingo Faustino Sarmiento, su viejo enemigo político.
Las obras transformaron la fisonomía del lugar: se abrieron caminos, se trazaron lagos, se plantaron palmeras y se diseñaron jardines que aún hoy embellecen el paisaje porteño.
El parque se convirtió en un símbolo de modernidad y en el corazón verde de la ciudad.
Con el tiempo, Palermo se expandió hacia el norte y el oeste. Sus quintas fueron loteadas, nacieron las avenidas Santa Fe y Las Heras, y se levantaron palacetes, clubes y residencias.
VII. Palermo moderno: la multiplicación del nombre
El Palermo contemporáneo es una constelación de subbarrios: Palermo Viejo, Palermo Chico, Palermo Soho, Palermo Hollywood, Las Cañitas, Villa Freud, Palermo Botánico.
Cada uno tiene su propia identidad, pero todos comparten la raíz.
El nombre de aquella chacra colonial se multiplicó y extendió hasta convertirse en sinónimo de vida porteña.
Hoy, Palermo ocupa 15,9 kilómetros cuadrados y alberga más de 250.000 habitantes, siendo el barrio más extenso y poblado de la Ciudad de Buenos Aires. En sus calles conviven embajadas, museos, bares, ferias, parques, avenidas y mercados. Es, en muchos sentidos, la síntesis de Buenos Aires.
VIII. El espíritu de Palermo
Palermo es mezcla y memoria.
El campo se convirtió en ciudad, la capilla en parque, el arroyo en avenida. Pero debajo del asfalto todavía corren las aguas de aquellos cursos naturales, invisibles y persistentes.
Los árboles plantados por Rosas, las palmeras de Sarmiento, las calles que recuerdan a próceres y escritores, todo parece contar una misma historia: la de un barrio que nació del barro y del sueño.
Su nombre, heredado de un hombre, de un santo o de una nostalgia, ya no importa tanto. Lo esencial es que Palermo sigue siendo un homenaje a la mezcla, a esa unión entre pasado y presente que define a Buenos Aires.
IX. Epílogo filosófico y porteño
Decía Heráclito que nadie se baña dos veces en el mismo río.
En Palermo, donde los ríos fueron enterrados bajo el cemento, el tiempo corre igual, invisible pero constante.
Cada generación lo reinventa: del Palermo de los esclavos al de Rosas; del Palermo del Centenario al de los cafés con Wi-Fi; del Palermo del tango al Palermo de los diseñadores.
Y mientras el aire del Plata todavía humedece las noches del Botánico, uno puede pensar que el nombre, al fin, no es solo una etiqueta, sino un símbolo de permanencia.
Como escribió Borges —vecino del barrio—, “la memoria es un río que no cesa”. Y Palermo, con su historia y su mito, sigue fluyendo.
Fuente: Palermo Tour Noticias
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