En Eduardo Costa y Ortiz de Ocampo, una residencia de comienzos de los años veinte convierte una esquina estrecha en una pequeña escena monumental. Torre elíptica, galerías curvas, tejas, arcos y ladrillos componen una parada singular para descubrir la arquitectura de Barrio Parque.
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En Palermo hay casas que se descubren caminando despacio. La llamada Casa Redonda, ubicada en Eduardo Costa 3081, esquina Ortiz de Ocampo, es una de ellas. A pocos metros de la avenida Figueroa Alcorta, su volumen curvo rompe la sucesión de fachadas y obliga a levantar la vista. La obra se atribuye a Mario Palanti junto con Algier, y pertenece al período 1922–1923: distintas publicaciones consignan uno u otro año. Esa diferencia merece quedar aclarada, sin adjudicar fechas de proyecto o inauguración que las fuentes consultadas no permiten establecer.
Una casa que no es completamente redonda
El nombre popular resume el efecto de la fachada, pero simplifica su geometría. El elemento dominante es una torre de planta elíptica, alrededor de la cual se articulan otros cuerpos y espacios. Una elipse, a diferencia de una circunferencia, tiene dos ejes de distinta longitud. Esa forma alargada permite que el volumen dialogue con las direcciones de las calles y con la estrechez de la esquina. La sensación de casa redonda nace de esa pieza protagonista y de las galerías que acompañan su curvatura.
La esquina presenta, un ángulo aproximado de 30 grados. Es un encuentro mucho más agudo que el de dos calles perpendiculares: el lote impone una punta difícil de resolver mediante habitaciones y fachadas convencionales. Palanti transforma esa condición en una oportunidad expresiva. La curva suaviza el encuentro, mientras la torre señala el lugar desde distintas perspectivas. Como interpretación de su composición, puede decirse que la casa funciona como una referencia visual en el borde del sector residencial.
Arcos abajo, columnas arriba: cómo se construye la imagen
La planta baja y la expresión del peso
En el nivel inferior aparecen pilares robustos y arcos de medio punto, es decir, arcos cuyo perfil responde a una semicircunferencia. Destaca una dovela central muy marcada: la pieza situada en la coronación del arco, conocida como clave. En la arquitectura tradicional, las dovelas trabajan por compresión y transmiten esfuerzos hacia los apoyos laterales. Aquí, la forma y el tamaño de los elementos producen una imagen de firmeza: el basamento parece preparado para sostener el conjunto que se eleva sobre él.
Esa lectura visual no equivale a un diagnóstico de su estructura oculta. Sin planos originales, memoria de cálculo o relevamiento del inmueble, no corresponde asegurar qué proporción de las cargas recibe cada arco ni cómo se resuelven los entrepisos. Para el visitante, lo verificable en la descripción arquitectónica es la composición: apoyos anchos, huecos curvos y una planta baja que comunica peso y estabilidad.
La galería del primer piso
Sobre esa base, el lenguaje se afina. El primer piso presenta columnas pareadas, agrupadas de a dos, de menor diámetro, junto con balaustres rectos. Los balaustres son los pequeños elementos verticales que forman la baranda; las columnas acompañan el ritmo de la galería. Sobre ellas corre un arquitrabe curvo, el elemento horizontal que sigue el frente y reúne visualmente los apoyos. La repetición de piezas genera una cadencia que se aprecia mejor al desplazarse por la vereda.
La diferencia entre ambos niveles es una de las claves del diseño. Abajo, la fachada transmite solidez; arriba, la sucesión de columnas y aberturas introduce ligereza. Las galerías permiten percibir la continuidad del cuerpo de la torre detrás de los apoyos. Así, la curva se reconoce tanto en los espacios abiertos como en el volumen construido. La fachada adquiere profundidad: tiene planos sucesivos, sombras y zonas de transición.
Tejas y aleros: la cubierta también dibuja la casa
La techumbre de tejas alcanza aproximadamente once metros de altura y acompaña el giro de la composición. La cubierta tiene una presencia decisiva: sus pendientes y encuentros completan la silueta, en lugar de desaparecer detrás de una terminación horizontal. Desde la calle conviene observar cómo el techo relaciona los cuerpos de la vivienda y cómo la torre conserva su protagonismo sobre el conjunto.
El alero, con un vuelo aproximado de un metro sobre el jardín delantero, crea una sombra marcada sobre las galerías. En términos arquitectónicos, ese saliente protege el borde del edificio de la lluvia y modera la incidencia del sol según la orientación y la hora. También produce un remate visual: una línea oscura que permite leer con claridad la terminación de los dos primeros niveles.
Ladrillo y símil piedra: dos texturas que conviven
La fachada combina revestimiento símil piedra y sectores de ladrillo visto. El primero busca una apariencia pétrea; eso no significa que todo el muro esté construido con bloques de piedra natural. El segundo deja visible la mampostería y sus juntas. Los ladrillos comunes aparecen dispuestos en aparejo holandés, una manera de organizar las piezas que combina hiladas y orientaciones para producir un patrón reconocible.
Vale detenerse en ese detalle porque el ladrillo tiene algo más para contar que su color. La disposición de las piezas, las juntas y el encuentro con el revestimiento revelan decisiones de composición y oficio. En esta casa, el cambio de textura ayuda a distinguir superficies y evita que el volumen curvo se perciba como una masa uniforme. Luz y sombra completan ese trabajo: cada material responde de manera diferente a la iluminación.
El ingreso: una secuencia entre la vereda y el hogar
El acceso principal se sitúa en la ochava y organiza un recorrido gradual. La composición del ingreso reúne una verja, un espacio delantero, cuatro escalones de mármol blanco de Carrara, una galería curva y un nuevo escalón antes de atravesar una puerta de madera con cristales romboidales. Esta secuencia convierte la entrada en una experiencia espacial: pasar de la vereda a la casa supone atravesar distintos ámbitos, alturas y grados de resguardo.
La secuencia permite entender una forma histórica de diseñar la llegada a una residencia: cada umbral cambia la relación entre el espacio público y el interior. El jardín separa la casa de la calle; la escalera eleva el acceso; la galería ofrece un ámbito semicubierto. Por su carácter de antesala, la galería puede compararse con un nártex, término utilizado para el espacio de ingreso de ciertos templos. La comparación explica el carácter ceremonial de la entrada, sin atribuirle una función religiosa.
La vivienda también cuenta, en esa descripción, con acceso vehicular y puerta peatonal de servicio por Eduardo Costa, además de un patio interior protegido de las miradas de la calle. Esas entradas diferenciadas permiten leer la organización doméstica: un acceso representativo, circulaciones prácticas y espacios de intimidad. El patio introduce un ámbito abierto dentro del conjunto, aunque conocer su papel exacto en la iluminación y ventilación requeriría consultar la planta completa.
Palanti y el parentesco con el Palacio Barolo
Mario Palanti nació en Milán en 1885 y se formó en pintura y arquitectura. La Biblioteca del Congreso de la Nación documenta su participación en el proyecto de la antigua Facultad de Derecho de la avenida Las Heras, hoy sede de Ingeniería, y sitúa la construcción del Palacio Barolo entre 1919 y 1923. La casa de Palermo pertenece, por lo tanto, a una etapa de intensa producción del arquitecto, cuando exploraba un lenguaje propio mediante referencias históricas, volúmenes expresivos y una fuerte presencia de la ornamentación.
Una investigación académica disponible en el repositorio de la Universidad Nacional de La Plata vincula la residencia de Ocampo y Eduardo Costa con esa búsqueda. Destaca la combinación de techumbres de tejas y haces de semicolumnas, un recurso ensayado en el Barolo. Ese parentesco ayuda a entender la casa, aunque llamarla simplemente “un Barolo en miniatura” reduce su singularidad. Aquí el problema es doméstico y urbano: resolver una vivienda, sus accesos y una esquina particular.
Barrio Parque: el jardín también forma parte de la arquitectura
La fachada se retira aproximadamente casi cinco metros de la línea oficial, acompañando una característica del entorno. La línea oficial es el límite entre la parcela y el espacio público. Al separar el edificio de ese borde, el jardín produce una distancia que permite apreciar la torre y las galerías. El visitante percibe un espacio más amplio, aunque el terreno situado detrás de la verja siga siendo privado.
Esta relación entre casa, vegetación y calle resulta central para recorrer Barrio Parque, asociado al diseño de Carlos Thays. En la Casa Redonda, el cerramiento materializa el límite sin borrar por completo la presencia de la arquitectura. El límite está definido por un murete y una verja de hierro; el agregado de elementos opacos entre los barrotes responde a la búsqueda de privacidad. También allí aparece una tensión habitual del barrio: la belleza que participa del paisaje urbano y la intimidad que sus habitantes buscan conservar.
La Divina Comedia: de la palabra escrita a los rostros tallados
El poema que ayuda a leer esta esquina
Para comprender la presencia de Dante en la casa conviene abrir primero el libro. La Divina Comedia, escrita por Dante Alighieri a comienzos del siglo XIV, narra un viaje por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. El protagonista lleva el nombre del autor y comienza extraviado en una selva oscura: una imagen de crisis moral y pérdida de rumbo. El recorrido transforma ese desconcierto inicial en una búsqueda de conocimiento, responsabilidad y salvación.
La obra está organizada en cien cantos: 34 en el Infierno, incluido el canto introductorio, y 33 en cada una de las otras dos partes. Está escrita en versos endecasílabos, de once sílabas métricas, enlazados mediante la terza rima, una sucesión de tercetos cuyas rimas conectan una estrofa con la siguiente. Dante eligió una lengua vernácula toscana en lugar del latín. Su poema llevó las preguntas religiosas, políticas y humanas a una lengua que tendría una influencia decisiva en la literatura italiana.
El título también merece una aclaración: “comedia” no significa aquí una historia de chistes. Se relaciona con una tradición literaria en la que el relato parte de una situación dolorosa y alcanza una resolución favorable. La palabra “divina” se incorporó posteriormente a su denominación. Dentro del poema conviven la cultura clásica, el cristianismo medieval, las disputas de Florencia y los afectos del escritor. Su universo contiene una visión del más allá y, al mismo tiempo, un juicio sobre la vida en la Tierra.
Virgilio, Beatriz y el sentido del ascenso
Virgilio, el poeta romano autor de la Eneida, conduce a Dante por el Infierno y buena parte del Purgatorio. En una lectura alegórica tradicional, representa la razón y la sabiduría humana. Beatriz —Beatrice en italiano— asume luego la guía hacia el Paraíso y encarna una dimensión espiritual que excede ese conocimiento. Hacia el final interviene san Bernardo. La peregrinación tiene, por tanto, distintos guías y distintas formas de aprender.
Beatriz se vincula tradicionalmente con Beatrice Portinari, la mujer que Dante convirtió en figura central de su escritura amorosa. En la Comedia es mucho más que una musa decorativa: actúa, interpela y orienta al viajero. Esa función permite comprender la fuerza de colocar su rostro junto al del poeta en una entrada. Como interpretación cultural, ambos pueden leerse como una pareja de imágenes que reúne creación, amor y guía espiritual.
Las esculturas del portón: Dante y Beatriz
El detalle más concreto de este vínculo literario se encuentra en los rostros tallados en el portón de madera, identificados en distintas publicaciones como Dante y Beatriz. Una nota recogida por la Universidad Torcuato Di Tella describe esa presencia en el acceso. Otras crónicas presentan la identificación como una interpretación. Para recorrer la casa con rigor, conviene reconocer ambas cosas: existen figuras talladas y su lectura dantesca tiene una tradición publicada, aunque eso no sustituye un inventario original de la ornamentación.
Estas piezas son relieves escultóricos integrados a la carpintería: la figura emerge del plano de la madera y forma parte del diseño de la puerta. No se trata de esculturas exentas que puedan recorrerse por todos sus lados. La luz acentúa sus volúmenes y la sombra perfila los rasgos. El portón reúne así dos oficios, el del carpintero y el del tallista, y convierte un elemento funcional de la vivienda en una superficie narrativa.
La ornamentación de los accesos incluye también motivos descritos como coronas de flores y laureles. El laurel tiene una larga asociación con la gloria y la consagración poética. Ese contexto vuelve sugerente su cercanía a la figura de Dante, pero no permite asegurar que cada hoja haya sido proyectada como una cita precisa de la Comedia. Tampoco corresponde adjudicar un canto a cada arco o interpretar todos los adornos como personajes del poema.
Del texto a la arquitectura: una lectura posible
La relación entre literatura y arquitectura se entiende mejor como una traducción entre lenguajes. El poema organiza un viaje; una casa organiza recorridos. El texto construye umbrales, descensos y ascensos; el edificio dispone puertas, escaleras, galerías y un mirador. En esta residencia, esa comparación permite mirar el ingreso ceremonial y la verticalidad de la torre como una experiencia de tránsito y elevación. Es una lectura de Palermonline, no la demostración de un programa simbólico completo dejado por el arquitecto.
El propio manifiesto actual de Casa Palanti propone el vínculo con la Divina Comedia y presenta el recorrido como una experiencia transformadora. Esa referencia forma parte de la manera en que hoy se comunica el lugar. El antecedente más firme en la obra de Palanti es el Palacio Barolo, cuya relación con el universo de Dante está ampliamente documentada. La casa comparte al autor y ciertos recursos de composición, pero su distribución no puede equipararse automáticamente a Infierno, Purgatorio y Paraíso.
Las letras y las inscripciones: lo que no hay que confundir
La palabra escrita permite comenzar este paseo por el poema y continuar hacia los relieves. Sin embargo, las fuentes consultadas no aportan una transcripción verificable de una inscripción dantesca en esta casa. Por eso no se atribuye a su portón ninguna frase de la entrada al Infierno ni se trasladan aquí las inscripciones conocidas del Barolo. Para identificar letras, monogramas o leyendas de una pieza concreta sería necesaria una fotografía legible o documentación de ese elemento.
La riqueza de la Casa Redonda no necesita completar sus huecos con leyendas. Los rostros tallados, la profundidad de las galerías, los materiales y la torre ofrecen suficiente materia para una mirada atenta. El visitante puede acercarse al poema a través de la arquitectura y volver a observar la arquitectura después de leer a Dante. Esa ida y vuelta convierte una caminata por Palermo en una experiencia cultural.
Cómo incluirla en una caminata por Palermo
La parada se ubica en Eduardo Costa y Ortiz de Ocampo, junto a Figueroa Alcorta. Para observarla, conviene mirar primero el conjunto desde una vereda segura y luego recorrer ambos frentes: identificar la torre, comparar los apoyos de cada planta, seguir la línea del alero y buscar los cambios entre ladrillo y revestimiento. Es una pequeña clase de arquitectura que se puede hacer a pie, sin atravesar el cerramiento de la propiedad.
El sitio de Casa Palanti presenta actualmente una propuesta vinculada con experiencias y reservas. Para ingresar, corresponde consultar directamente sus condiciones; la existencia de ese sitio no implica visitas patrimoniales libres ni acceso sin coordinación. Para el paseo exterior, la casa conserva una virtud que ninguna reserva puede administrar: cambia según el punto desde donde se la mire. Una esquina, una curva y más de un siglo de ciudad esperan al que se tome unos minutos.