La visita de Javier Milei al colegio ORT dejó malestar entre alumnos, familias y miembros de la comunidad judía que no comparten su mirada política ni el tono elegido para expresarla. No existe una comunidad judía uniforme: hay posiciones religiosas, culturales, sociales y políticas muy distintas. Precisamente por eso, una institución educativa debería ser el lugar donde esas diferencias puedan pensarse, discutirse y convivir sin convertir el aula —o el escenario— en una tribuna de agresión.
En un audio difundido entre vecinos, un asistente cuestionó el encuentro: “Vergonzoso lo que hizo este tipo ahí en ORT… si tiene que mostrarse frente a los chicos que están estudiando, tiene que ser de otra manera”. También criticó que el Presidente dedicara parte de su exposición a atacar a periodistas. La objeción no es menor: cuando quien ocupa la máxima autoridad del país habla frente a estudiantes, cada palabra enseña algo. A veces enseña más el insulto que el contenido.
Milei suele usar un lenguaje de combate, cargado de descalificaciones, imágenes escatológicas y enemigos absolutos. “Mierda”, “cagados”, “parásitos” y otras fórmulas degradantes reemplazan con frecuencia el debate político. Ese recurso puede generar aplausos rápidos en una hinchada propia, pero empobrece la conversación pública y naturaliza la violencia verbal. La política argentina ya tiene demasiada bronca acumulada como para que desde arriba se la convierta en método.
También resultó polémica su caracterización de Carlos Marx como una figura “satánica”. Se puede discutir, refutar o rechazar de manera total la obra de Marx; forma parte de la historia intelectual moderna y sus ideas tuvieron consecuencias enormes, discutibles y muchas veces trágicas. Pero reducirlo a una etiqueta religiosa o demonizante no es una explicación histórica: es una simplificación ideológica. Y en una escuela, donde el conocimiento debería abrir preguntas, esa diferencia importa.
ORT tiene una tradición vinculada con la educación, la formación técnica y la pluralidad de voces. Invitar a un Presidente puede ser legítimo; lo que merece debate es bajo qué condiciones, con qué reglas y con qué espacio para preguntas, matices y pensamiento crítico. La educación no puede quedar reducida a la foto institucional ni al griterío político de moda.
El problema no es que Milei piense distinto, sino la pobreza de una palabra pública que convierte al adversario en basura. Cuando el poder pierde precisión, memoria y respeto, no fortalece a la sociedad: la embrutece.