En el marco del Día Mundial de la Calidad del Agua, la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) destacó un proyecto de extensión que lleva más de 15 años estudiando el agua de consumo en barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires. La iniciativa reúne a docentes, estudiantes, organizaciones sociales y vecinos para detectar riesgos, compartir información y promover soluciones concretas.
En gran parte de las zonas periféricas del conurbano bonaerense, el agua subterránea es la principal —y a veces única— fuente disponible para las familias. El problema aparece cuando las perforaciones se encuentran cerca de pozos ciegos u otras potenciales fuentes de contaminación, en territorios donde una porción importante de la población sigue sin acceso a la red cloacal.
“En muchos casos, las aguas subterráneas son la única posibilidad para consumo humano”, explicó la Dra. Martha Bargiela, directora del proyecto. La situación también alcanza a comunidades que utilizan agua superficial, como sucede en las islas del Delta bonaerense, donde la ausencia de redes de agua potable y cloacas obliga a muchas personas a recurrir al agua del río y a tratamientos domésticos de eficacia variable.
El proyecto se desarrolla desde 2009 y, desde 2012, Bargiela dirige sus distintas instancias. El equipo realiza recorridas territoriales, talleres comunitarios, toma de muestras y análisis de laboratorio. En los barrios abastecidos por perforaciones, se estudian parámetros microbiológicos, nitratos y otros componentes que pueden indicar contaminación.
Los resultados no quedan encerrados en un informe técnico: son trabajados junto a los vecinos para identificar posibles causas y evaluar alternativas. Pozos ciegos mal ubicados, instalaciones precarias, establecimientos industriales cercanos y tanques sin mantenimiento pueden afectar la calidad del agua que llega a cada hogar.
La experiencia ya permitió impulsar mejoras puntuales, como la instalación de canillas comunitarias en los Centros Comunitarios Remolines y Gurises. Actualmente, el equipo trabaja sobre buenas prácticas para construir y proteger perforaciones, limpiar tanques de reserva y almacenar agua de manera segura.
“Es importante la forma de comunicar sin alarmar, para evaluar las posibles soluciones”, señaló Bargiela. La frase resume una cuestión esencial: hablar de agua segura no es sembrar miedo, sino dar herramientas. El acceso al agua potable sigue siendo una deuda estructural en el AMBA, y conocer qué se consume es el primer paso para exigir infraestructura, prevención y respuestas públicas sostenidas.