No es una discusión por una pincelada de pintura. Es una radiografía bastante brutal de cómo está funcionando —o dejando de funcionar— la Ciudad de Buenos Aires bajo Jorge Macri. En Palermo, los vecinos se cruzan por cordones amarillos que aparecen frente a edificios, rampas que nadie sabe bien si están autorizadas, lugares de estacionamiento que desaparecen y sectores que parecen reservados por decisión privada. Mientras tanto, el Gobierno porteño mira desde lejos. Y cuando el Estado se borra, el barrio se convierte en una competencia de avivadas, bronca y discusiones que no deberían existir.
La regla tendría que ser elemental: si hay una entrada vehicular legítima, debe estar correctamente señalizada y protegida; si no la hay, nadie puede apropiarse de la calle pintando el cordón como si fuese dueño de la cuadra. Pero la realidad de Palermo es otra. Hay vecinos que ven que el edificio donde viven pintó todo el frente de amarillo, incluso alrededor de la puerta, y no saben si eso tiene validez ni quién lo controla. El cordón termina diciendo lo que la autoridad no dice.
En redes, Gonzalo resumió una obviedad que debería estar escrita en cada esquina: “Que pinten su frente no prohíbe estacionar”. Otro vecino contó que en su edificio “pintó también todo de amarillo pero la grúa no los remueve”. La pregunta entonces es inevitable: ¿quién fiscaliza? Porque si una persona cualquiera puede sacar un tarro de pintura y transformar un espacio público en una supuesta zona vedada, no hay orden urbano: hay tierra de nadie con cordones de colores.
Gloria pidió la dirección del lugar cuestionado. Tiene razón. La Ciudad debería poder informar en minutos si un cordón está correctamente demarcado, si hay una bajada de autos habilitada, si la señalización es oficial y si corresponde una inspección. En cambio, los vecinos quedan atrapados entre la incertidumbre y la sospecha. Algunos estacionan porque entienden que la marca no vale; otros se indignan porque creen que les bloquean una salida. Y así nace el conflicto de todos los días: uno baja a mover el auto, otro toca bocina, otro filma, otro insulta. El Gobierno de la Ciudad, ausente.
No se trata sólo de cordones. Palermo acumula restricciones que, una detrás de otra, van borrando el estacionamiento de las calles: ochavas enormes, entradas de garaje, paradas, bicisendas, obras, contenedores, sectores gastronómicos, reservas y señalizaciones de todo tipo. Cada elemento puede tener una justificación aislada, pero alguien tiene que mirar el conjunto. Si una cuadra termina sin posibilidades razonables para estacionar, no alcanza con multar al conductor que intenta resolver como puede un problema que la propia planificación urbana creó.
Bautista señaló en los comentarios que uno de los casos “parece literalmente una subida para autos”. Perfecto: entonces que esté señalizada como corresponde, con una bajada clara, permiso visible y control público. El problema es que Jorge Macri parece haber naturalizado una Ciudad donde el vecino debe adivinar. ¿Es una rampa? ¿Es un cordón pintado por el consorcio? ¿Es una restricción oficial? ¿Puedo estacionar? ¿Me lleva la grúa? En una ciudad que presume de moderna, esas preguntas no deberían depender de una discusión en X.
Tinky preguntó si se puede denunciar y cuál es el procedimiento, cansada de ver lo que considera privilegios de otros. Esa bronca no es caprichosa. El que paga patente, seguro, nafta, arreglos, estacionamiento y multas siente que la calle pública se le achica todos los días. Pero esa energía no puede terminar en agresiones ni en daños a autos. El vecino no tiene que convertirse en inspector, fiscal, juez y verdugo porque el gobierno no cumple su parte. La violencia no arregla un cordón; la autoridad presente, sí.
Jorge Macri eligió una Ciudad obsesionada con la sanción chica y distraída frente al problema grande. Se persigue al vecino que saca un cartón o una bolsa fuera de un horario rígido, aunque el camión pase mucho después y la basura quede durante horas expuesta en la vereda. Se acumulan multas y campañas, pero la mugre sigue en las calles, los contenedores rebalsan, las veredas están rotas y el estacionamiento se vuelve una odisea. Mucha norma para el que vive la ciudad; poca gestión para hacerla habitable.
En la Comuna 14 la desconexión se siente. Los problemas cotidianos no se resuelven desde eventos, inauguraciones, vernissages ni posteos prolijos. Se resuelven recorriendo las cuadras, recibiendo reclamos, revisando señalización, retirando demarcaciones irregulares y dando respuestas concretas. Un jefe comunal no está para mirar el barrio como una escenografía linda: está para meterse en los conflictos antes de que exploten.
La solución es simple y, justamente por eso, la desidia molesta más. Relevamiento público de cordones amarillos; identificación visible de todas las entradas vehiculares habilitadas; retiro de pintura irregular; inspecciones rápidas; respuesta digital con número de expediente; revisión de las cuadras saturadas de restricciones; y una política seria de estacionamiento para los barrios que sostienen la vida cotidiana de la Ciudad. No hace falta inventar la pólvora. Hace falta gobernar.
Palermo no debería ser una batalla por treinta centímetros de cordón. Pero cuando Jorge Macri deja de administrar el espacio público, cada vecino intenta defenderse solo. Uno pinta, otro estaciona, otro denuncia, otro grita. Y el Gobierno porteño, que tendría que ordenar, queda como espectador. Ésa es la verdadera marca amarilla de esta gestión: el abandono.