Del Caserón de Rosas a los túneles de agua, el Café de Hansen, el Jardín Botánico y el antiguo Zoo: una recorrida antropológica por las capas de memoria que todavía laten bajo el paisaje más visitado de Buenos Aires.
Palermo suele presentarse como un catálogo de parques, gastronomía, diseño, ferias y vida nocturna. Pero debajo de esa postal —y también detrás de muchos de sus edificios, lagos y senderos— existe otra ciudad: la de los bañados, las quintas, los sistemas de agua, el poder político, el ocio popular y las sucesivas demoliciones que fueron tapando fragmentos de una historia enorme. La investigación del Centro de Arqueología Urbana de la UBA permite leer al barrio como un territorio vivo, donde el pasado no quedó prolijamente guardado en un museo: sigue bajo tierra, a veces inundado, a veces olvidado y, cada tanto, aparece de golpe cuando una obra remueve el suelo.
El corazón de esa historia está en el actual Parque 3 de Febrero. Antes de ser “los Bosques”, fue una zona baja, húmeda y cambiante, vinculada al antiguo borde del Río de la Plata. Allí Juan Manuel de Rosas construyó desde la década de 1830 una residencia de gran escala, el Caserón de Palermo, rodeada por jardines, canales, lagunas, cultivos, caminos y espacios de trabajo. No era solamente una casa de gobernador: era una forma de ocupar y organizar el paisaje, una puesta en escena del poder y una pequeña ciudad dentro de la ciudad.
Los arqueólogos Daniel Schávelzon y Jorge Ramos sostienen que aquella quinta combinaba naturaleza intervenida, producción agrícola, espacios domésticos, talleres, caballerizas, áreas de servicio e incluso un primer núcleo zoológico. Había rituales, fiestas, recorridos y un estanque artificial con embarcación. Palermo no nació como barrio “cool”: nació como borde rural, zona anegadiza y escenario político de primer orden. El caserón de Rosas. Historia y arqueología del paisaje de Palermo
Tras la caída de Rosas, el predio cambió de manos, funciones y sentidos. Sarmiento impulsó allí el Parque 3 de Febrero y Carlos Thays consolidó después el modelo paisajístico de lagos, rellenos, caminos y vegetación que todavía organiza buena parte del paseo. Pero la arqueología muestra algo clave: no se trató de crear Palermo desde cero. Las grandes transformaciones reutilizaron, modificaron y, en parte, continuaron lógicas hidráulicas anteriores. Donde había canales se hicieron lagos; donde había terrenos bajos se hicieron rellenos; donde el agua amenazaba se buscó también convertirla en paisaje.
Ese detalle importa hoy, cuando cada tormenta fuerte vuelve a poner sobre la mesa el debate por el drenaje urbano. El sistema histórico de Palermo no era un adorno de parque. Los lagos funcionaban como grandes receptáculos para recibir agua de lluvia y de napa, amortiguar excedentes y desagotar lentamente. La belleza del parque y su infraestructura estaban mezcladas: una lección bastante menos glamorosa que una foto frente al Rosedal, pero mucho más útil.
En 2018, durante tareas de saneamiento del Lago Darwin del entonces Zoológico de Buenos Aires —hoy Ecoparque—, apareció una cámara-cisterna subterránea desconocida bajo una antigua fuente. El hallazgo reveló una pieza de un complejo sistema de agua construido entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. La estructura tenía un pozo irregular de unos 2,30 metros de diámetro, una galería de seis metros y cañerías vinculadas a la antigua Usina Eléctrica de Palermo, situada en la isla del lago Victoria Ocampo, donde hoy funciona el edificio de Monumentos y Obras de Arte, conocido como MOA.
La usina había sido creada para iluminar el parque, una innovación municipal de avanzada para su tiempo. Cuando la generación eléctrica propia perdió sentido frente a los grandes sistemas centralizados, parte de esa infraestructura se aprovechó para mover agua. Según el informe arqueológico, hacia 1904 funcionaban depósitos, bombas y cañerías de 30 centímetros de diámetro que llevaban agua a los lagos cercanos, al sector del actual Parque Japonés y al Zoológico. No era un túnel misterioso para turistas: era ingeniería urbana, hidráulica y paisajística. Hallazgos arqueológicos en el Lago Darwin del Jardín Zoológico
Con el tiempo, la red fue desmantelada, cegada y olvidada. La cámara encontrada en 2018 sufrió daños durante las obras y las lluvias posteriores. El informe de Schávelzon plantea una discusión incómoda y muy actual: Buenos Aires suele celebrar sus parques sin registrar que debajo de ellos hay infraestructura histórica capaz de explicar problemas presentes de agua, mantenimiento y conservación. El subsuelo no es un vacío: es archivo.
El Ecoparque también conserva otra capa simbólica de ese Palermo de fin de siglo: el Pórtico Bizantino, una construcción levantada como escenografía arquitectónica dentro del antiguo Zoológico. Su valor no reside solamente en la rareza estética; permite discutir cómo la ciudad exhibía animales, estilos exóticos y culturas lejanas como parte de una idea de modernidad. El edificio habla del zoológico como institución científica, espectáculo familiar y vitrina imperial de otra época. Mirarlo con ojos actuales obliga a preguntarse qué se preserva, qué se transforma y cómo se cuenta ese pasado. El Pórtico Bizantino del Jardín Zoológico
Otro punto fundamental del mapa antropológico palermitano es el Jardín Botánico Carlos Thays. Allí, las investigaciones del CAU revisaron la historia del supuesto “polvorín colonial”, una construcción asociada durante años a relatos repetidos sin demasiado control documental. La arqueología no solo sirve para confirmar hallazgos: también sirve para discutir leyendas cómodas. En una ciudad donde todo edificio antiguo corre el riesgo de convertirse en “casa de alguien famoso” o “túnel secreto”, la investigación científica pone orden entre la memoria oral, el deseo de misterio y las evidencias materiales. Arqueología urbana e imaginario en el Jardín Botánico
También está el Café de Hansen, nombre inseparable de las leyendas sobre los primeros bailes de tango, la bohemia y el arrabal de Palermo. El lugar se vincula con el sector de la actual Plaza República Árabe de Egipto, frente a la avenida Figueroa Alcorta. Allí la arqueología y la historia urbana ayudan a separar la pieza documental del mito repetido mil veces. Hansen no es solamente una marca turística del tango: condensa la transformación de Palermo en zona de paseo, sociabilidad popular, consumo, música y tensiones morales entre la ciudad elegante y sus márgenes. El Café de Hansen: historias y hallazgos en Palermo
La clave antropológica está justamente ahí: Palermo fue y sigue siendo un territorio disputado por usos distintos. Fue quinta y bañado; residencia de poder y parque público; sistema hidráulico y paseo romántico; zoológico y espacio de conservación; café de periferia y mito tanguero; barrio de vecinos y destino turístico global. Cada época quiso imprimirle una identidad definitiva, pero ninguna logró borrar del todo la anterior.
Recorrer Palermo con esta mirada cambia el paseo. El lago no es solo lago: es parte de una vieja estrategia contra inundaciones. El monumento, el sendero o el césped pueden esconder restos de una residencia monumental y de instalaciones de servicio. El Ecoparque no es solo un cambio de nombre: guarda edificios, cañerías y debates sobre cómo una ciudad trató históricamente a la naturaleza y a los animales. El Jardín Botánico no es solo una pausa verde: es un terreno donde se cruzan ciencia, paisaje, mitos y patrimonio.
Palermo tiene la costumbre de venderse como novedad permanente. Cada temporada aparece un bar, una marca, una feria, una torre o una moda distinta. Pero su verdadera potencia está en lo contrario: en que debajo de ese presente apurado subsiste una ciudad antigua, compleja y bastante menos inocente. La arqueología urbana no viene a congelarla; viene a recordarnos que no se puede cuidar un barrio si primero no se entiende qué fue, cómo se construyó y qué cosas todavía guarda.