Un 23 de mayo de 1936, mientras Buenos Aires todavía olía a cemento fresco, tranvía eléctrico y café recalentado de madrugada, se inauguraba el Obelisco. La obra fue levantada para celebrar los 400 años de la primera fundación de la ciudad por Pedro de Mendoza. Nadie imaginaba que ese “lápiz de piedra”, criticado por media ciudad, terminaría convertido en el tótem emocional de los porteños. Hoy no existe festejo, protesta, beso mundialista, llanto futbolero o foto turística que no termine debajo de esa aguja blanca clavada en el corazón de la avenida 9 de Julio.
La idea de construirlo fue del entonces intendente Mariano de Vedia y Mitre, durante la presidencia de Agustín P. Justo. El objetivo era claro: crear un monumento moderno que simbolizara el nuevo perfil de una Buenos Aires que quería parecerse a París, Nueva York y Berlín al mismo tiempo. La ciudad venía creciendo hacia arriba y hacia el norte, entre rascacielos racionalistas, subtes y avenidas monumentales. El Obelisco debía funcionar como una especie de faro urbano en el cruce más importante de la Capital.
El arquitecto elegido fue Alberto Prebisch, uno de los grandes nombres del modernismo argentino. Tenía apenas 37 años y ya venía rompiendo moldes. El mismo hombre había diseñado el Teatro Gran Rex, otra joya racionalista que todavía domina Corrientes con elegancia brutalista y espíritu art déco. Prebisch definía al Obelisco como una “simple y honesta forma geométrica”. Los porteños, bastante menos poéticos, le dijeron de todo: “el pincha papas”, “el lápiz”, “la estaca”, “el clavo”, “la jeringa”. Buenos Aires siempre tuvo esa costumbre hermosa y cruel de burlarse primero de lo que después ama.
El lugar donde se construyó tampoco fue casual. Ahí estaba la antigua iglesia de San Nicolás de Bari, demolida para abrir la avenida 9 de Julio. En esa iglesia había sido izada por primera vez oficialmente la bandera argentina en Buenos Aires en 1812. Ese dato quedó grabado en una de las caras del monumento. El Obelisco, en cierto modo, quedó parado arriba de una herida urbana y de una memoria patriótica al mismo tiempo.
La construcción fue una locura técnica para la época. Empezó el 20 de marzo de 1936 y terminó apenas 31 días después según varias fuentes de obra, aunque oficialmente se habla de unos 60 días de ejecución total. Participaron 157 obreros y se utilizaron cementos de endurecimiento rápido para acelerar el proceso. Tiene 67,5 metros de altura, una base de 7 por 7 metros y un interior bastante más angosto y claustrofóbico de lo que muchos imaginan.
Por dentro, el Obelisco parece más una estructura industrial que un monumento romántico. Tiene una sola puerta de acceso y una escalera recta de 206 escalones, con varios descansos internos, que lleva hasta las cuatro pequeñas ventanas superiores. Durante décadas, subir era casi una experiencia secreta reservada a técnicos y funcionarios. Hoy existe un mirador renovado que permite observar Buenos Aires desde arriba, como si la ciudad fuese una maqueta infinita de colectivos, cúpulas y bocinazos.
Pero la relación entre los porteños y el Obelisco arrancó mal. Muy mal. Apenas inaugurado comenzaron las críticas. Lo acusaban de feo, peligroso, inútil y hasta “antiestético”. En 1939, el Concejo Deliberante llegó a votar su demolición. Sí, demoler el Obelisco. La ordenanza fue aprobada por amplia mayoría, aunque finalmente el intendente Arturo Goyeneche la vetó y salvó al monumento de terminar convertido en escombros. Buenos Aires casi pierde su símbolo máximo por una pelea entre modernistas y conservadores.
Las polémicas siguieron. En 1938 se desprendieron placas de revestimiento exterior que casi provocan una tragedia. Por seguridad se retiraron las lajas originales y se reemplazaron por un revestimiento de cemento que imitaba las juntas de piedra. En esa reforma incluso desapareció una inscripción que decía “Alberto Prebisch fue su arquitecto”. Una ironía muy argentina: el creador quedó borrado del monumento que había imaginado.
Las historias raras alrededor del Obelisco son infinitas y muchas son completamente reales. Un obrero italiano llamado José Cosentino murió durante la construcción al caer dentro de una bóveda del cimiento. Décadas después, Greenpeace escaló la estructura y colgó desde la punta una bandera gigante con la frase “Salven el clima”. En 1975, durante el gobierno de Isabel Perón, una leyenda luminosa giraba alrededor del monumento diciendo “El silencio es salud”, una frase que terminó asociada al miedo y a la censura política de aquellos años oscuros.
También hubo suicidios y accidentes vinculados al lugar, especialmente en las décadas del 40 y 50, cuando la zona todavía no tenía las medidas de seguridad actuales. El Obelisco, como toda gran construcción urbana, arrastró siempre un costado sombrío entre el espectáculo y el vértigo porteño.
Con el tiempo dejó de ser un monumento y pasó a convertirse en un termómetro emocional del país. Ahí se festejaron mundiales, se lloraron crisis económicas, se hicieron recitales, marchas políticas, besos colectivos, intervenciones artísticas y hasta campañas sanitarias. Lo vistieron de árbol de Navidad, de preservativo gigante, de lápiz sin punta y de pantalla de mapping futurista. Buenos Aires podrá cambiar gobiernos, modas y discursos, pero siempre vuelve al Obelisco como quien vuelve al viejo café de la esquina.
Noventa años después, el viejo “pincha papas” sigue ahí, mirando la ciudad desde arriba. Blanco, flaco, testarudo y porteño. Como un tango de cemento clavado en el medio del ruido.