Juan José Becerra dará este lunes 28 de septiembre, de 18 a 20, el seminario “Borges salvaje” en la biblioteca del Malba. La propuesta, presencial y virtual, busca volver sobre un Borges menos escolar, más colaborativo, irónico y desbordado por sus propias máscaras.
Hay un Borges que Buenos Aires conoce de memoria, aunque no siempre lo haya leído. Es el de la foto en blanco y negro, el bastón, los laberintos, la biblioteca infinita y las frases que parecen pedir un silencio de sacristía. Ese Borges, convertido en estatua cultural, tiene presencia en programas escolares, nombres de calles, librerías y discusiones donde a menudo funciona más como contraseña de prestigio que como autor vivo.
Pero también existió otro: el que escribía con Adolfo Bioy Casares, inventaba autores, firmaba con seudónimos, armaba policiales absurdos y dejaba entrar el chiste, la exageración y la literatura popular. Ese es el territorio que propone explorar el escritor y periodista Juan José Becerra en “Borges salvaje”, el seminario que se realizará este lunes en la Biblioteca del Malba, en avenida Figueroa Alcorta 3415.
La actividad está anunciada entre las 18 y las 20. Tiene modalidad presencial y virtual. El arancel general informado por el museo es de $40.000, con descuentos para estudiantes, docentes, jubilados y miembros de Malba Amigos. Quienes asistan de manera remota podrán acceder a la grabación durante 48 horas después de la clase y mantenerla disponible por 30 días. La inscripción presencial se realiza en la recepción del museo y la virtual, por el sistema indicado en la programación oficial.
Sacarle el bronce a un autor sin bajarlo de lugar
La palabra “salvaje” puede sonar provocadora aplicada a un escritor que suele ser presentado como el gran arquitecto intelectual de la literatura argentina. Sin embargo, la propuesta de Becerra no apunta a negar la importancia de Borges ni a convertirlo en un autor de consumo rápido. La operación es otra: correrlo del pedestal para volver a mirarlo como alguien que ensayó, se contradijo, colaboró y se divirtió con la maquinaria misma de la literatura.
En los últimos años, la cultura digital convirtió a Borges en una figura paradójica. Es citado en posteos, podcasts y videos breves; aparece como referencia automática cuando se habla de inteligencia artificial, universos paralelos, realidad virtual o identidad. Pero esa circulación masiva no siempre implica lectura. Muchas veces el nombre “Borges” funciona como una estampita intelectual: alcanza con mencionarlo para que la conversación parezca más profunda.
El seminario propone una alternativa a esa utilización decorativa. En vez de confirmar al Borges solemne, busca recorrer sus zonas menos estabilizadas: los textos escritos en colaboración, las identidades falsas, los bordes del género policial, las bromas privadas que se volvieron parte de la literatura argentina y los libros que deliberadamente desafían el prestigio.
Eso importa en Palermo por una razón concreta. El barrio concentra museos, librerías, universidades, editoriales, talleres de escritura y consumos culturales sofisticados; también concentra la tentación de convertir la cultura en credencial social. Se va a una muestra, se nombra a un autor, se compra un libro, se publica una foto. Todo eso puede ser genuino, claro. Pero también puede convertirse en una forma de mostrar capital cultural sin atravesar realmente una obra.
Borges ayuda a desarmar ese gesto porque fue, entre otras cosas, un maestro de la trampa. Sabía que la erudición puede ser una herramienta crítica, pero también un juego, un artificio y una forma de engañar al lector con elegancia. Leerlo sin miedo a no entenderlo todo es, quizá, una de las mejores maneras de empezar.
El Borges de Bioy, Bustos Domecq y los nombres inventados
Uno de los núcleos anunciados por Becerra es el trabajo conjunto de Borges y Adolfo Bioy Casares. La literatura argentina suele contar esa amistad como una postal elegante: dos escritores de familias acomodadas, largas conversaciones, cenas, libros y una complicidad excepcional. Pero esa asociación fue mucho más que una amistad prestigiosa. Fue un laboratorio.
Bajo los nombres de H. Bustos Domecq y B. Suárez Lynch, Borges y Bioy construyeron un territorio donde la alta literatura, la parodia, el policial y la burla a los lenguajes sociales se mezclaron sin pedir permiso. En esos textos aparecen personajes ampulosos, críticos insoportables, artistas delirantes, impostores, detectives y sociedades secretas. También aparece una mirada muy filosa sobre el modo en que Buenos Aires habla, clasifica y se da importancia.
Seis problemas para don Isidro Parodi, publicado en 1942, es una de las piezas claves de ese mundo. Su protagonista resuelve enigmas desde una celda, sin salir al exterior. No es un detalle menor: el detective no necesita recorrer la ciudad para entenderla. Le alcanza con escuchar los relatos de quienes vienen a visitarlo. La realidad se arma a partir de voces, exageraciones, omisiones y chamuyos.
Esa idea conserva una potencia enorme en la Buenos Aires actual. Hoy también se vive rodeado de relatos que llegan filtrados: un audio de WhatsApp, una historia de Instagram, una captura de pantalla, el comentario de un grupo de trabajo, una versión que cambia cada vez que alguien la cuenta. La ciudad está llena de pequeños “casos Parodi”: personas que intentan reconstruir qué pasó sin haber estado presentes.
Borges y Bioy entendieron temprano que la identidad no es una pieza fija sino una puesta en escena. El seudónimo no era sólo un escondite: era una máquina para escribir de otro modo. Al firmar como Bustos Domecq podían exagerar, ridiculizar, cambiar de registro, fabricar un mundo donde la solemnidad quedaba expuesta como una actuación.
Ese punto vuelve especialmente actual al seminario. En una época de nombres de usuario, perfiles profesionales, cuentas privadas, alter egos y personajes digitales, el seudónimo dejó de ser una rareza literaria. Cada persona maneja distintas versiones de sí misma según el espacio donde habla. El Borges “salvaje” no es solamente el de las obras menos conocidas: es el que permite pensar cuánto de nuestra identidad cotidiana está escrito, editado y firmado por alguien que se parece a nosotros, pero no coincide del todo.
La biblioteca como escenario y no como mausoleo
Que el encuentro se realice en la biblioteca del Malba también importa. No es una sala de conferencias cualquiera ni una clase universitaria convencional. Una biblioteca dentro de un museo de arte latinoamericano permite pensar a Borges fuera de la obligación de “rendirlo” como materia escolar y lejos del ritual de la efeméride.
La biblioteca conserva una promesa que en Buenos Aires sigue teniendo fuerza: entrar, sentarse, leer algo que no fue elegido por un algoritmo y salir con un problema nuevo en la cabeza. Frente a la velocidad de las plataformas, ese gesto parece casi excéntrico. Pero no es nostalgia. Es una forma de recuperar la atención.
Borges fue bibliotecario, lector profesional, traductor y director de biblioteca. Sin embargo, quedarse con esa biografía limpia sería simplificarlo. Su relación con los libros no era la del guardián obediente de un templo. Era la de alguien dispuesto a manipular tradiciones enteras, a mezclar relatos orientales con discusiones criollas, a inventar bibliografías, a atribuir textos y a desafiar la autoridad del autor.
Por eso la biblioteca no debería funcionar como lugar de intimidación. La mejor manera de entrar a Borges no es hacerse el entendido. Es desconfiar un poco de lo que uno cree saber y aceptar que una referencia puede ser verdadera, falsa, deformada o innecesaria para disfrutar el relato. Borges no exige que el lector tenga una enciclopedia en la cabeza; exige curiosidad y cierta disposición al juego.
En Palermo, donde la agenda suele empujar a consumir experiencias una detrás de otra, una clase de dos horas sobre un autor puede parecer un plan modesto. No lo es. Es una pausa con densidad. Permite salir del circuito de “qué hay para hacer” y entrar en una pregunta más interesante: qué nos pasa cuando leemos a alguien que no busca tranquilizarnos.
De la reverencia a la conversación
La reverencia tiene un problema: impide preguntar. Cuando un autor queda demasiado alto, deja de ser interlocutor y se vuelve monumento. Nadie discute con un monumento; se lo rodea, se lo fotografía o se lo ignora. “Borges salvaje” plantea una vía distinta: discutir qué se hace con un clásico cuando ya no alcanza con repetir que es un clásico.
La obra borgeana no necesita defensores automáticos. Necesita lectores capaces de registrar sus tensiones. Borges fue un escritor de imaginación radical, pero también tuvo posiciones políticas que generan controversia. Fue un renovador de la lengua, pero sostuvo miradas muy conservadoras sobre distintos asuntos públicos. Fue un autor universal, aunque su mundo literario estuvo atravesado por privilegios sociales muy concretos.
Nada de eso se resuelve con una condena rápida ni con una veneración ciega. Leer en serio implica sostener la incomodidad. Una cultura adulta puede reconocer una obra decisiva sin convertir a su autor en santo. Puede admirar una inteligencia enorme y, a la vez, discutir los límites históricos, sociales y políticos de quien la ejerció.
Becerra, nacido en Junín en 1965, llega a este encuentro desde una trayectoria que combina ficción, crítica y periodismo. Esa combinación resulta adecuada para hablar de Borges: no desde la distancia de un especialista que clausura interpretaciones, sino desde el trabajo de alguien que conoce la literatura como práctica contemporánea, discusión pública y zona de riesgo.
La clase propone entonces una entrada posible para lectores que ya frecuentan a Borges y para quienes lo miran con prevención. Para los primeros, puede ser una oportunidad de salir de los títulos previsibles. Para los segundos, una forma de descubrir que detrás del “autor difícil” hay humor, personajes estrafalarios, policiales, amistades literarias y una imaginación que se permite ser insolente.
Datos prácticos para asistir
“Borges salvaje” se realizará este lunes 28 de septiembre, de 18 a 20, en la Biblioteca del Malba, avenida Figueroa Alcorta 3415. El encuentro tiene modalidad presencial y virtual. El valor general informado es de $40.000; hay descuentos del 10% para jubilados, estudiantes y docentes, además de beneficios para integrantes de Malba Amigos según su categoría.
La inscripción presencial se gestiona en la recepción del museo. Para participar a distancia, el Malba informa inscripción virtual y acceso posterior a la grabación por 48 horas, disponible durante 30 días. Conviene corroborar cupos, condiciones de descuento y modalidad de acceso antes de concurrir, porque la programación puede modificarse.
Más allá del plan puntual, la propuesta deja una invitación saludable para el barrio: volver a Borges no como obligación escolar ni como decoración de conversación, sino como escritor capaz de hacer estallar una etiqueta. El Borges salvaje no niega al clásico. Lo devuelve al presente, donde todavía puede molestar, divertir y abrir puertas que no estaban en el mapa.