Palacio Bosch

En 1911, Palermo era, específicamente en el cruce de la Avenida del Libertador y Kennedy, un páramo perdido, un barrio que quedaba casi en las afueras de la ciudad. Más de un siglo después, el emplazamiento del Palacio Bosch, actual embajada de Estados Unidos, es una de las zonas más sofisticadas de Buenos Aires, con edificios de invalorable valor patrimonial. Fue construido entre 1911 y 1918 para el matrimonio de Ernesto Bosch y Elisa de Alvear. Bosch era embajador en París y debía volver a la Argentina para ocupar el puesto de ministro de Relaciones Exteriores. La pareja necesitaba una residencia para recibir a muchos invitados, con las mismas comodidades que tenían en la capital francesa. El encargo se lo hicieron al arquitecto francés René Sergent, quien diseñó la propiedad desde su país de origen. Recurrió al estilo neoclacisista, imperante en esa época, y eligió para la dirección de obra a los argentinos Eduardo María Lanús y Pablo Hary.

Su compatriota Achille Duchêne fue el responsable del paisajismo. Estos mismos nombres se repiten en la historia del Museo de Arte Decorativo, perteneciente a la familia Errázuriz Alvear, también construido entre los mismos años. En su interior, se destaca una escalera imperial de doble circulación, una imponente sala de música y un comedor en estilo regencia para 30 personas, con paredes enteladas de color púrpura y dorado. El refinamiento de las salas y sus enormes dimensiones fueron un gran atractivo para el embajador de Estados Unidos en 1929, Robert Woods Bliss, quién le insistió a Bosch para comprarle la propiedad. Cuentan los historiadores que Bosch intentó sacarse de encima al estadounidense pidiéndole la exagerada cifra de $3.000.000, que Bliss no tuvo inconvenientes en pagar. Hombre de palabra y a las puertas de la crisis del 30, Bosch cumplió en entregarle el palacio al Estado norteamericano.

En la zona del Jardín Zoológico, próxima al parque de Palermo, Ernesto Bosch y su esposa, Elisa de Alvear mandaron construir su casa. Bosch venía de concluir su desempeño como Representante del Gobierno Argentino en Francia, y acababa de ser llamado a Buenos Aires por el presidente electo Roque Sáenz Peña para ocupar el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores. Como muchos argentinos, el matrimonio y su familia habían pasado una larga temporada en Paris, alternando sus funciones oficiales con la vida mundana y elegante de la bélle époque. La residencia del Embajador de los Estados Unidos en Argentina fue diseñada por el arquitecto René Sergent para el señor Ernesto Bosch y su esposa Elisa de Alvear. Fue construida entre 1912 y 1917.

En sus casi 90 años como residencia oficial del Embajador recibió a varios presidentes estadounidenses que visitaron el país, como F.D. Roosevelt, Dwight Eisenhower, George H.W. Bush y, recientemente, Barack Obama y la familia presidencial.

Los Bosch no dejarían París sin encargar el proyecto de su residencia porteña al prestigioso arquitecto René Sergent, quien debió diseñar el palacio para el jefe de la diplomacia argentina, volcando todo su oficio, practicado a través de una amplia experiencia entre la nobleza europea.

La materialización del edificio no fue sencilla ni barata. Hicieron falta decenas de detallados planos, materiales y decoraciones enviados desde el otro lado del Atlántico. Y la fiel interpretación de los arquitectos Eduardo Lanús y Pablo Hary, encargados de la construcción. Todo bajo la constante incertidumbre y altos costos que supuso el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, con naves amenazadas por torpedos al cruzar el Atlántico. Sin embargo, el 6 de septiembre de 1918 se abrieron a la vida social los salones de la residencia convocando al Buenos Aires más elegante. En 1924, se alojó el príncipe Humberto de Savoia, heredero de la corona de Italia, en visita oficial a la Argentina.

De Versalles a Palermo

El palacio Bosch es uno de los mejores proyectos de René Sergent. Excelente recreación del grand hotel particulier del siglo XVIII, tiene como fuente de inspiración más probable el Chateau de Bénouville, en Normandía, construído por Claude Nicolas Ledoux, cuya obra Sergent apreciaba especialmente.

Como los otras dos grandes residencias diseñadas por Sergent para dos hermanos de Elisa Alvear de Bosch, el Palacio Errázuriz y la villa Sans Souci, este palacio se inscribe entre los mejores ejemplos de la corriente que recreó el clasicismo del siglo XVIII francés a principios del siglo XX. Colaboraron con Sergent importantes figuras en el campo del paisajismo y la decoración, Achille Duchéne fue el encargado de trazar los jardines de la residencia y el prestigioso André Carlhian tuvo a cargo la decoración interior.

El volumen exterior simple y potente demuestra el refinamiento del diseño en las elegantes fachadas delineadas en función del espacio exterior que enfrentan. Así, la principal es el grandioso marco de la cour d´ honneur y enfrenta con imponencia el parque del otro lado de la Avenida. La lateral, sobre la calle Darregueyra, forma parte de un cuadro que integra el templete clásico del paseo público -expresamente construido a tal efecto- y que evoca una de las vistas del Petit Trianon de Versailles. El frente posterior, en cambio, se corresponde con el diseño del jardín, su complemento inescindible, y que los autores consideraban como un “salón al aire libre”.

En el interior, los secretos de la armonía del edificio se encuentran en la red de ejes que organizan sus espacios. Sutilmente interconectados, estos ejes permiten guiar la procesión del visitante a través de los salones y establecer la jerarquía de las perspectivas. Innumerables y sutiles juegos de simetrías, reflejos y continuidades hacen del conjunto una obra de singular jerarquía arquitectónica donde la arquitectura con mayúscula y el gran juego del clasicismo están basados en el dominio de la geometría y de la luz.

Cinco años más tarde, poco antes del famoso crash financiero de 1929 y de la revolución de septiembre de 1930, la propiedad cambiaría definitivamente de dueño iniciándose también otra etapa para la residencia.

Poco después de la visita a Buenos Aires del presidente electo Herbert Hoover, el embajador norteamericano Robert Woods Bliss logró vencer las resistencias de Ernesto Bosch y su mujer, y adquirió el edificio siguiendo la estrategia definida por el Departamento de Estado, que buscaba potenciar la presencia norteamericana en el exterior a través de enclaves diplomáticos que reflejaran su espíritu y su imagen.

Ninguna otra residencia porteña recreaba mejor un rincón de Washington que el neoclásico Palacio Bosch. En siete décadas, el edificio fue importante testigo de encuentros, desavenencias o coincidencias, fue, en suma, un importante escenario de la historia diplomática entre los dos países. Albergó a varios presidentes norteamericanos, como Franklin Delano Roosevelt, en 1936, Dwight Eisenhower, en 1960, o George Bush, en 1994, en visita oficial a la Argentina. Allí vivieron varios embajadores de nota, como el sutil Norman Armour, durante los cruciales tiempos de guerra; el controvertido Spruille Braden, durante el ascenso de Perón al poder, y el perspicaz James Bruce, quien publicara esclarecidas páginas sobre la Argentina.

Los arquitectos Lanús y Hary, sus constructores, fueron fundadores de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires y tomaron al Palacio Bosch como ejemplo para ilustrar sus recordadas clases teóricas que tenían como lema la siguiente frase: “Necesita el país tener muy buenas casas, antes que tener grandes monumentos”.